martes, 12 de agosto de 2025

Turismo Electoral: El nuevo deporte olímpico de los candidatos chilenos

 

Chile se prepara para una nueva elección parlamentaria y, como en cada temporada electoral, los carteles florecen, los jingles se reciclan, y los candidatos —como aves migratorias— buscan dónde anidar sus aspiraciones. No importa si es Arica o Aysén; lo relevante es que haya un cupo, una lista y, si se puede, un electorado poco exigente. Es el fenómeno que ya deberíamos declarar patrimonio de la desafección democrática: el turismo electoral.

¿Qué es el turismo electoral?

No hablamos de un candidato que se desplaza porque lo echaron de su distrito o porque su comunidad le pidió un sacrificio. No. Hablamos de postulantes que aterrizan en territorios desconocidos, muchas veces sin vínculos sociales, culturales ni políticos con el lugar, solo para aumentar sus posibilidades de ser electos. Algunos ni siquiera saben cuántas comunas tiene el distrito, otros se refieren a la "región del Ñuble" como si fuera una comuna de Santiago.

Como lo define el politólogo Claudio Fuentes, se trata de una “estrategia utilitaria de maximización electoral, donde lo territorial es un medio, no un fin”. Es decir, no buscan representar, buscan dónde caer parados.

Un poco de teoría: ¿Qué nos dice la ciencia política?

Desde la teoría de la representación (Pitkin, 1967), el representante debería tener algún tipo de vínculo real con la comunidad representada: ya sea por origen, trabajo, conocimiento o intereses comunes. Lo contrario es una ficción de la democracia, una especie de cosplay institucional: se visten de cercanía, pero no viven la realidad local.

La politóloga María Cristina Escudero advertía en un seminario de la Universidad de Chile que "la desconexión territorial en la representación parlamentaria es una de las causas de la desafección política, porque las personas sienten que los candidatos no conocen ni entienden sus realidades". Es decir, no solo es una estrategia electoral cuestionable, es una herida a la legitimidad democrática.

Postulantes nómades: el casting del Congreso

En cada elección aparece el casting de figuras: exalcaldes derrotados, celebridades olvidadas, influencers en busca de fuero, o incluso operadores reciclados del sistema. Muchos se presentan en el distrito que menos complicaciones les genere, no donde puedan aportar desde la experiencia o el compromiso.

¿Y qué hacen para “parecer de la zona”? Aprenden los nombres de algunas ferias, saludan en tono campechano, se sacan selfies con artesanos y ensayan un “¡guau, qué rica esta empanada!” que suena más a eslogan de reality show que a propuesta parlamentaria.

Ironías que no hacen reír

  • Un candidato que nunca ha vivido en la región pero dice “mi corazón siempre estuvo aquí”.

  • Otro que lleva una semana en el distrito y se saca una foto con un cartel que dice "¡Yo soy de acá!".

  • La clásica: “me siento parte de esta tierra”, como si la patria se traspasara por osmosis después de bajarse de un avión.

Es como si la representación fuera una actuación, y el Congreso, un casting abierto.

Consecuencias: política sin raíces

Esta práctica deteriora la democracia en varios niveles:

  1. Debilita el vínculo entre representantes y representados.

  2. Promueve el clientelismo y el marketing político en lugar del trabajo territorial.

  3. Genera frustración ciudadana al ver cómo el poder se reparte entre desconocidos que no volverán al territorio después de electos.

¿Cómo podríamos evitarlo?

No basta con el reproche moral o la denuncia periodística. Se requieren cambios normativos e incentivos institucionales:

  • Requisitos de arraigo territorial: como ocurre en otros países, exigir residencia o trabajo previo en el distrito por un tiempo mínimo.

  • Primarias obligatorias y abiertas: para evitar que las cúpulas partidarias impongan a dedo a los candidatos “importados”.

  • Financiamiento político más regulado: que no premie al más visible, sino al más activo en el trabajo territorial.

  • Sistemas de rendición de cuentas distritales: que obliguen a los parlamentarios a volver a sus territorios y reportar lo que hacen.

Reflexión final: ¿representación o ocupación?

Lo que debiera ser un vínculo basado en la confianza, la historia y el compromiso, se ha transformado en una competencia de marketing y cálculo. El Congreso no necesita más turistas con maletas de promesas y pasajes de regreso. Necesita representantes que conozcan el olor de la tierra, el nombre de sus ferias, y los sueños de su gente.

Porque si el Congreso se llena de "visitantes", la democracia se queda sin casa.

lunes, 4 de agosto de 2025

Multilateralismo en terapia, TLC con fiebre y el regreso del arancel: una crónica del mundo que cambió

 Las reglas del juego global están siendo reescritas. Los tratados sobreviven, pero las instituciones tambalean. ¿Estamos ante una transformación estructural o solo una recaída del orden internacional?







Introducción:

“Hay cosas que cambiaron y llegaron para quedarse, no creo que sea una lápida para los TLC pero sí hay una crisis del multilateralismo.” Esta frase, en apariencia moderada, encierra una de las tensiones más urgentes de nuestro tiempo: la dislocación entre las instituciones que supieron ordenar el comercio y la cooperación internacional en el siglo XX, y las dinámicas actuales marcadas por la fragmentación, el proteccionismo y la incertidumbre estructural.

En tiempos donde los discursos políticos abrazan el “interés nacional” con fervor redoblado y donde los organismos multilaterales luchan por mantenerse relevantes, se hace necesario revisar desde una mirada crítica y teórica qué está pasando realmente con el comercio global, los tratados y la idea misma de cooperación.

El multilateralismo: noble, útil y en coma inducido

El multilateralismo, ese acuerdo tácito que sostenía que los Estados debían coordinar sus decisiones por medio de instituciones compartidas, está en crisis. No se trata de una muerte súbita, sino de una larga agonía en la que organismos como la OMC o la ONU, otrora actores clave, parecen ahora más preocupados por sobrevivir que por resolver. Desde el neoinstitucionalismo político, esto se traduce en pérdida de legitimidad: cuando las instituciones no logran adaptarse a las nuevas dinámicas del poder, los actores las rodean o las abandonan.

Mientras tanto, las decisiones económicas más relevantes —como sanciones, subsidios o barreras comerciales— se están tomando fuera de estos marcos multilaterales, en acuerdos ad hoc, bilaterales o en Twitter, ese nuevo foro diplomático no tan diplomático.

El regreso (triunfal) del proteccionismo y la guerra arancelaria

Bajo la apariencia de decisiones “estratégicas” o de “soberanía económica”, el proteccionismo vuelve a ocupar la primera línea. Estados Unidos y China protagonizan guerras arancelarias que no solo alteran flujos comerciales, sino que reconfiguran cadenas de valor y reavivan viejas tensiones ideológicas. El arancel, que parecía condenado a los manuales de historia económica, ha vuelto como herramienta legítima de política pública… y también como amuleto electoral.

Desde la teoría realista en relaciones internacionales, esto no sorprende. Los Estados, se nos recuerda, actúan conforme a su interés. Lo que sí sorprende es la rapidez con la que ese interés ha mutado: de abrir mercados a protegerlos, de levantar puentes a reforzar muros.

Tratados de Libre Comercio: más vivos que muertos, pero con síntomas

Los TLC, en este contexto, ya no son tratados sacrosantos sino estructuras negociables. El caso del TLCAN, mutado en USMCA (T-MEC), es emblemático: no fue abolido, pero sí reformateado con reglas más rígidas, más condiciones laborales y una letra pequeña que deja poco margen a la ingenuidad neoliberal. Lo mismo está ocurriendo con muchos tratados bilaterales que se reconfiguran para incluir cláusulas de seguridad, medioambiente o incluso geopolítica tecnológica.

Desde una lectura sociológica, especialmente bajo la lente de Zygmunt Bauman, podríamos decir que vivimos una “globalización líquida” donde todo fluye… incluso los principios que antes parecían sólidos. Lo que llega para quedarse no siempre es lo mejor, pero sí lo más adaptativo: tratados flexibles, acuerdos con dientes y un comercio global regido más por la fuerza que por las normas.

¿Y ahora qué?

La gran paradoja contemporánea es esta: el mundo necesita más cooperación global que nunca —para enfrentar pandemias, cambio climático, migraciones y desafíos digitales—, pero el sistema internacional parece haber redescubierto la comodidad del repliegue nacional, el uso estratégico del arancel y la sospecha permanente hacia lo colectivo.

Quizá, como ironizaba un diplomático anónimo en un pasillo de Bruselas: “El multilateralismo no ha muerto. Está tomando una siesta larga, con los ojos abiertos y las manos en los bolsillos.”