En el caso chileno, la polarización afectiva se expresa en la creciente disposición a negar la legitimidad del otro como interlocutor válido. Las elecciones de los últimos años lo muestran con claridad: el voto en el plebiscito constitucional, tanto de entrada como de salida, se organizó no sólo en torno a posiciones respecto al texto, sino sobre todo en la consigna de que “con ellos no” —ya sea con los sectores de izquierda vinculados al estallido social o con la derecha considerada heredera del orden neoliberal. Lo mismo ocurre en el debate presidencial: más que programas detallados, lo que moviliza es el rechazo visceral a la posibilidad de que gobierne “el adversario”.
Este fenómeno se puede leer a la luz de varios marcos teóricos:
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Norbert Elias y la “sociedad de los individuos”
Elias advirtió que los procesos de modernización generan tensiones entre autonomía individual y cohesión social. En Chile, el ciclo de transformaciones neoliberales fortaleció la autonomía de consumo, pero debilitó los lazos comunitarios. La política ya no logra recomponer esa tensión, produciendo fragmentación y rechazo mutuo. -
Pierre Bourdieu: capital y habitus
El malestar de la “clase media endeudada” se explica como desajuste entre habitus (expectativas de movilidad ascendente) y capitales disponibles (económicos, culturales, sociales). Al no concretarse la promesa meritocrática, surge frustración y disposición a discursos radicalizados que prometen restaurar dignidad u orden. -
Niklas Luhmann y la desconfianza institucional
La teoría de sistemas de Luhmann subraya que la legitimidad depende de la confianza en la complejidad institucional. En Chile, la caída en la credibilidad de partidos, Congreso y justicia impide la función básica de reducir incertidumbre. La política deja de ser mediadora y se convierte en escenario directo de enfrentamiento. -
Zygmunt Bauman: modernidad líquida y miedo
La inestabilidad laboral, la inseguridad ciudadana y la incertidumbre vital generan lo que Bauman describía como una sociedad del miedo. Ese miedo líquido se traduce en polarización: refugio en identidades cerradas, rechazo visceral al diferente y búsqueda de soluciones rápidas. -
Chantal Mouffe y la agonística democrática
Mouffe plantea que el conflicto es constitutivo de lo político. El problema no es la existencia de antagonismos, sino que éstos no logran encauzarse en formas institucionalizadas de agonismo. Chile enfrenta justamente esa dificultad: transformar el antagonismo —constituyente/anticontituyente, izquierda/derecha— en un desacuerdo gestionable dentro de reglas compartidas.
Lo particular del caso chileno es la combinación de alta polarización afectiva con baja cohesión de polos. A diferencia de EE.UU. o Brasil, donde dos bloques relativamente consolidados se enfrentan, en Chile las propias coaliciones se fragmentan: la derecha se divide entre Kast y Matthei; la izquierda, entre Frente Amplio y Partido Comunista. Como señala Alfredo Joignant, estamos ante un escenario de identidades políticas frágiles, donde la división es intensa, pero los bandos no se estabilizan.
La salida no pasa por negar la conflictividad —que es inherente a toda democracia—, sino por reconstruir mediaciones que permitan volver al agonismo en vez del antagonismo. Como recordaba Elias, la cohesión social nunca es natural, siempre es resultado de procesos civilizatorios que requieren instituciones sólidas y confianza mutua. El desafío chileno, en clave sociológica, es volver a articular esas mediaciones para que el desacuerdo no derive en desgarro social.
De este modo, la política se transforma en un campo de exclusión y no de negociación. La frase “con ellos no se puede vivir en común” condensa el quiebre del principio básico de la democracia: aceptar que el otro, aunque piense distinto, forma parte del mismo marco de ciudadanía. La polarización afectiva rompe ese acuerdo mínimo y convierte el desacuerdo en antagonismo, instalando la lógica de la enemistad más que la del disenso legítimo.

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