jueves, 18 de diciembre de 2025

Narrativas, hegemonía y recomposición del sentido político

 


Desde una perspectiva gramsciana, la reconfiguración de clivajes no debe interpretarse exclusivamente como un momento de crisis o descomposición, sino como una disputa abierta por la hegemonía. La erosión de los marcos ideológicos tradicionales no produce un vacío neutral, sino un campo de competencia simbólica donde distintos actores buscan redefinir el sentido común político y los criterios de legitimidad del orden social.

Sin embargo, esta lectura puede complementarse —y tensionarse productivamente— con enfoques más realistas y conservadores de la sociología política. Autores como Vilfredo Pareto y Gaetano Mosca ya advertían que los procesos de desestabilización de los consensos normativos suelen ir acompañados de una recomposición de las élites y de nuevas formas de circulación del poder, más que de una democratización sustantiva del conflicto. Desde esta óptica, el clivaje emergente no solo expresa malestar social, sino también una crisis de las élites políticas para producir orden, dirección y previsibilidad.

En este contexto, el clivaje emergente no se organiza únicamente en torno a posiciones programáticas, sino alrededor de narrativas capaces de dotar de coherencia a experiencias sociales fragmentadas. El conflicto central ya no se articula solo en términos de intereses materiales contrapuestos, sino en la capacidad de ofrecer interpretaciones plausibles del malestar, del riesgo y de la incertidumbre.

La literatura reciente sobre emociones políticas —desde Chantal Mouffe y Pierre Rosanvallon hasta Yascha Mounk— ha mostrado que los procesos de desafección democrática suelen ir acompañados de una búsqueda de relatos que restituyan sentido, pertenencia y reconocimiento. A esta línea puede añadirse la reflexión de autores como Peter L. Berger o Daniel Bell, quienes subrayaron tempranamente los efectos desestabilizadores de la pérdida de marcos morales compartidos y de la sobrecarga de expectativas sobre el sistema político.

En el caso chileno, amplios sectores sociales no se sitúan en polos ideológicos extremos, sino en una zona ambivalente: demandan transformaciones estructurales, pero rechazan escenarios percibidos como caóticos; exigen ampliación de derechos, pero desconfían de instituciones débiles; aspiran a un futuro distinto, pero requieren certezas mínimas en el presente. Esta ambivalencia conecta tanto con diagnósticos progresistas sobre desigualdad como con advertencias conservadoras sobre los costos sociales de la desinstitucionalización acelerada.

El problema central para la política no es, entonces, únicamente de diseño institucional o coherencia programática, sino de articulación narrativa. La incapacidad de integrar orden y reforma, seguridad y justicia social, gobernabilidad y cambio, ha contribuido a profundizar la distancia entre el sistema político y la experiencia social cotidiana.

Sedimentación del clivaje y transición estructural

Desde la teoría clásica de los clivajes (Lipset y Rokkan), estos no emergen ni desaparecen de manera abrupta. Se sedimentan históricamente, cristalizan en identidades, organizaciones y repertorios discursivos, y solo se transforman cuando cambian las condiciones estructurales que los sostienen. El clivaje que hoy atraviesa a Chile debe entenderse, en este sentido, como un proceso en curso de reconfiguración del vínculo entre sociedad y política.

Este diagnóstico puede dialogar con enfoques más escépticos respecto de la capacidad de las sociedades modernas para sostener cambios acelerados sin costos de integración. Autores como Samuel Huntington advirtieron que los procesos de modernización política generan inestabilidad cuando la movilización social avanza más rápido que la institucionalización. En términos similares, Francis Fukuyama ha enfatizado que la erosión de la autoridad estatal y de las normas compartidas debilita la capacidad de las democracias para procesar conflictos complejos.

El clivaje actual no es, por tanto, un fenómeno estrictamente coyuntural ni reducible a ciclos electorales específicos. Es la expresión de una transición más profunda: el paso desde un orden político relativamente estable —basado en expectativas de movilidad, crecimiento y gradualismo institucional— hacia un escenario marcado por la percepción de vulnerabilidad, estancamiento y fragilidad del contrato social.

En este nuevo contexto, las emociones colectivas —seguridad, reconocimiento, temor al descenso social, expectativa de bienestar— adquieren un peso estructurante equivalente, o incluso superior, al de las ideologías tradicionales. El clivaje deja de organizarse exclusivamente en torno a proyectos normativos de largo plazo y se articula, cada vez más, en torno a experiencias inmediatas y evaluaciones situacionales del riesgo, tal como sugieren tanto la sociología del miedo como las teorías conservadoras del orden social.

Comprender este proceso es fundamental para la sociología política contemporánea. No solo permite interpretar la volatilidad electoral o el debilitamiento de las lealtades partidarias, sino también anticipar las condiciones bajo las cuales pueden emerger nuevos liderazgos, coaliciones y formas de representación. En última instancia, el estudio de este clivaje no remite únicamente a la competencia política, sino a la redefinición de las bases simbólicas, institucionales y materiales de la convivencia democrática en Chile.

martes, 28 de octubre de 2025

El iliberalismo como síntoma de la fatiga democrática en Chile

 


Durante décadas, Chile fue considerado un ejemplo de estabilidad institucional en América Latina. Sin embargo, el estallido social de 2019 y el fracaso del proceso constituyente dejaron una sensación persistente de agotamiento democrático. Más que una crisis del sistema político, lo que vive el país es una fatiga del liberalismo democrático: la ciudadanía ya no pide más deliberación, sino más control. Ese desplazamiento —de la libertad al orden— revela un fenómeno que hoy atraviesa muchas democracias: el iliberalismo.


El concepto, acuñado por Fareed Zakaria en los años noventa y desarrollado luego por Ivan Krastev, describe regímenes que conservan la apariencia democrática —elecciones, Congreso, partidos— pero vacían su sustancia liberal: se debilita la independencia judicial, la libertad de prensa, los derechos de las minorías y el pluralismo político. En palabras de Zakaria, son “democracias sin liberalismo”. Su promesa, de inquietante eficacia, es simple: menos derechos, más resultados.

En Chile, el iliberalismo no adopta la forma de un caudillo autoritario ni de una reforma constitucional explícita. Su rostro es más difuso: un clima político y cultural que relativiza las libertades en nombre de la eficacia. Como advierte Ascanio Cavallo, la crisis de representación y el descrédito institucional han producido una ciudadanía “fatigada”, que ya no busca deliberar, sino ser protegida. Esa desconfianza, extendida y persistente, constituye el terreno fértil para un discurso que privilegia el orden por sobre la libertad.

 El giro securitario lo confirma. Desde 2022, la agenda política se ha desplazado desde la redistribución y los derechos sociales hacia la seguridad, la disciplina y el control territorial. El debate público ya no se centra en la justicia, sino en la eficacia del castigo. Alfredo Joignant lo describe como un “decisionismo emocional”, donde la urgencia reemplaza a la reflexión. La derecha exalta el orden como identidad moral; la izquierda, por su parte, ha renunciado a su impulso reformista liberal para administrar la crisis con pragmatismo. En ambos extremos, la libertad aparece como un lujo: demasiado lenta, demasiado incierta, demasiado frágil.

A este cuadro se suma una creciente antipolítica, alimentada tanto por la tecnocracia como por el populismo. El ideal del “gestor eficiente” reemplaza al representante deliberativo, mientras la ciudadanía, frustrada, delega su esperanza en figuras que prometen resultados sin política. Daniel Mansuy lo ha descrito como una “desafección civilizatoria”: el abandono de la política como espacio común, sustituida por la administración de urgencias.

En la región, la deriva chilena no es una excepción. Desde Bukele en El Salvador hasta Milei en Argentina o Petro en Colombia, distintas variantes del populismo autoritario disputan la legitimidad del liberalismo. En todas ellas se repite la misma tensión: el pueblo contra la élite, el orden contra el pluralismo, la eficacia contra la libertad. Chile, aunque aún distante de esos casos, comparte el malestar cultural que los vuelve posibles.

La paradoja es evidente: en nombre del progreso, la seguridad o la identidad, se debilita el marco que permite resguardarlos —el Estado de Derecho liberal—. El país oscila entre dos polos igualmente insatisfactorios: el maximalismo refundacional y el pragmatismo punitivo. Ninguno ofrece una salida a la fatiga democrática; ambos la profundizan.

El desafío, por tanto, no está en elegir entre “más orden” o “más derechos”, sino en reaprender la libertad como principio estructurante de la convivencia democrática. El liberalismo, tantas veces caricaturizado como doctrina del mercado, es en realidad una ética del límite: del poder, del Estado y de la mayoría. Cuando la política olvida esa lección, el iliberalismo deja de ser una amenaza externa y se convierte, lentamente, en una costumbre nacional.


Referencias bibliográficas

  • Cavallo, A. (2023). El descontento y sus formas: ensayos sobre la política chilena contemporánea. Santiago: Uqbar.

  • Joignant, A. (2022). El decisionismo emocional: política, afectos y representación. Santiago: Fondo de Cultura Económica.

  • Krastev, I. (2018). After Europe. Philadelphia: University of Pennsylvania Press.

  • Mansuy, D. (2020). Nos fuimos quedando en silencio: la crisis de sentido en la política chilena. Santiago: Taurus.

  • Zakaria, F. (1997). “The Rise of Illiberal Democracy”. Foreign Affairs, 76(6), 22–43.

sábado, 4 de octubre de 2025

La República: palabra, rito y permanencia

 


Hubo un tiempo en que la República era una palabra solemne. No aludía solo a un sistema de gobierno, sino a una forma de entender la convivencia: la primacía del bien común sobre el interés particular, la virtud sobre el cálculo, la ley sobre la voluntad.

Desde los albores de la independencia, los hombres públicos chilenos —cualquiera fuese su ideología— entendían que gobernar no era solo administrar recursos, sino custodiar símbolos. Portales hablaba de “orden” como el sostén moral del Estado; Lastarria y Bilbao, desde la vereda liberal, lo concebían como el espacio donde el ciudadano debía emanciparse mediante la educación y la participación. En ambos, el sentido republicano era claro: la política no es patrimonio de los gobernantes, sino de la comunidad cívica que confía en ellos.

Esa noción se encarnó durante mucho tiempo en formas, protocolos, lenguajes. Cada mensaje presidencial, cada presupuesto, cada acto de Estado llevaba implícita una liturgia: la de reafirmar la continuidad republicana frente al paso efímero de los gobiernos. La Glosa Republicana era una de esas pequeñas liturgias: un recordatorio de que el poder se ejerce bajo la mirada del conjunto, no bajo el amparo del aplauso propio.

Por eso su ausencia duele más de lo que se admite. No por nostalgia, sino porque revela una amnesia institucional: la incapacidad de los gobiernos contemporáneos para comprender el peso simbólico de sus actos. La República se fundó sobre la palabra —juramentos, constituciones, leyes, mensajes—, y cuando esa palabra se vuelve instrumental o silenciosa, la República se desvanece.

Los antiguos entendían que las formas sostienen el fondo. Que sin lenguaje republicano, la política se degrada en mera administración; que sin liturgia, el Estado se vacía de sentido. La modernidad no debería haber significado despojar a la República de su ritualidad, sino renovarla para los tiempos presentes: hacer que el gesto siga siendo gesto, aunque el lenguaje cambie.

Hoy, cuando todo parece reducirse a rendimientos y balances, tal vez sea momento de recordar que la República no se mide en cifras, sino en dignidad pública. Y que cada acto, cada palabra, cada glosa, sigue siendo —o podría volver a ser— un eco de esa antigua promesa:
que los asuntos del Estado pertenecen a todos, no a los que circunstancialmente lo gobiernan.




lunes, 15 de septiembre de 2025

Encuestitis en Chile: la democracia atrapada en el termómetro

 

En Chile ya no esperamos el parte médico, ni siquiera el pronóstico del tiempo con tanta ansiedad. Lo que realmente nos quita el sueño es la encuesta del domingo. Vivimos pendientes del gráfico de barras, del punto decimal, del “margen de error”. Es la encuestitis, esa fiebre que convierte cada semana en un plebiscito anticipado.

La política, en lugar de conducir proyectos, parece mirar nerviosamente el termómetro: ¿subimos dos puntos?, ¿bajamos tres?, ¿qué dice la pregunta 12? Las ideas se ajustan como quien cambia la dieta después de subirse a la balanza. Y así, la política chilena, que alguna vez pretendió ser un espacio de convicciones y grandes relatos, parece reducida a un tablero de estadísticas.

 

La encuesta como productora de realidad

Pierre Bourdieu advertía que las encuestas no solo miden lo que existe: también crean realidad. Preguntar es ordenar el mundo; publicar los resultados es instalar un consenso. En Chile, basta con aparecer arriba en un gráfico para que un candidato sea presentado como “serio contendor”, y basta con caer algunas décimas para ser tratado como “carta muerta”.

Lo más llamativo es que esta construcción descansa en bases muy frágiles:

  • muestras que a veces no superan las mil personas,

  • márgenes de error que se comunican como si fueran verdades absolutas,

  • y cuestionarios diseñados con sesgo de arranque, que guían las respuestas.

A pesar de ello, la encuesta se transforma en el lenguaje oficial de la política. Un diputado puede pasar meses trabajando una propuesta legislativa, pero si en la encuesta su coalición marca menos de 20%, ese esfuerzo queda invisibilizado. En el campo mediático, los datos de la encuesta pesan más que el contenido de las ideas.

En la práctica, lo que se difunde no es la realidad social, sino una versión parcial de ella que termina sustituyendo la conversación política. Se habla más de “lo que piensa la gente” según el sondeo que de los problemas reales que afectan a esa misma gente.

 

El mercado de las expectativas

Anthony Giddens describía la modernidad como un proceso de reflexividad: una sociedad que se observa a sí misma permanentemente. En Chile, las encuestas cumplen justamente esa función: no nos dicen lo que pasa, sino lo que creemos que pasa según la percepción de los demás.

Esto genera un mercado de expectativas en el que los políticos se comportan como inversionistas bursátiles. Su capital no son acciones, sino puntos porcentuales. Cada alza es celebrada como un “superávit de confianza”; cada baja se traduce en ajuste de discurso, cambio de estrategia o incluso de asesores de campaña.

El resultado es perverso: la política deja de ser un espacio de conducción y se convierte en un juego de espejos. No se actúa para resolver problemas estructurales, sino para estar en sintonía con lo que supuestamente piensa el electorado esa semana. Como en el mercado financiero, lo que importa no es la realidad, sino la expectativa de la realidad.

El ritual de la legitimidad

Niklas Luhmann decía que los sistemas sociales necesitan rituales para reducir la complejidad. En Chile, la encuesta funciona como ese ritual. Cada domingo, los noticiarios ofrecen una especie de ceremonia colectiva: gráficos coloridos, expertos serios, paneles de opinión y la inevitable pregunta: “¿subió o bajó?”.

El efecto es que la ciudadanía asimila la política como una serie de “marcadores semanales”, al modo de la tabla de posiciones en un campeonato. Y como en el fútbol, no importa tanto cómo se jugó, sino si el equipo ganó o perdió puntos.

La encuesta se convierte en un sacramento secular: valida a unos, condena a otros, otorga legitimidad momentánea a quienes encabezan los gráficos y debilita a quienes caen en ellos. Se instala la ilusión de certeza en medio de la incertidumbre política. Pero, como todo ritual, lo importante no es la verdad de lo que se mide, sino la confianza en el rito mismo.

El riesgo de la profecía autocumplida

La encuestitis no es un juego inocente. Al transformar la encuesta en el centro de la conversación pública, convertimos el voto en una especie de apuesta estratégica. Muchos ciudadanos ya no votan por el proyecto que consideran mejor, sino por el que creen que puede ganar.

Esto desencadena un fenómeno de profecía autocumplida: si un candidato aparece como “sin posibilidades”, queda liquidado antes de la elección. Al revés, quien lidera las encuestas recibe un impulso extra, incluso si sus propuestas son débiles o ambiguas. La política se transforma en un casino donde los dados no reflejan azar, sino expectativas manipuladas.

Peor aún, los actores políticos adaptan sus discursos no a lo que creen justo o necesario, sino a lo que el sondeo indica como rentable. Así, la democracia se convierte en un espacio de cálculo estratégico permanente, donde el contenido cede ante la táctica.

 ¿Cómo salir de la fiebre?

La solución no pasa por prohibir las encuestas: son herramientas legítimas y necesarias cuando están bien hechas y se interpretan con prudencia. El problema surge cuando se transforman en brújulas absolutas que definen el rumbo de la política.

Salir de la fiebre implica varias cosas:

  1. Regular la difusión de encuestas en períodos electorales para evitar su uso como herramienta de manipulación más que de información.

  2. Fomentar la educación cívica para que la ciudadanía entienda márgenes de error, sesgos y limitaciones metodológicas.

  3. Recuperar la deliberación democrática, es decir, volver a poner las ideas, los proyectos y los debates en el centro de la política.

  4. Reforzar los espacios de discusión pública (foros, cabildos, debates programáticos) donde el valor esté en la argumentación y no en la gráfica de turno.

En definitiva, la pregunta central no debería ser “¿cuánto marcó?”, sino “qué propone y para quién”.

Conclusiones

La encuestitis es síntoma de una democracia que ha delegado su sentido en los números. Los candidatos ya no parecen querer conducir un proyecto de país, sino apenas surfear la ola de las percepciones.

Y como toda fiebre, la encuestitis puede dejar secuelas: un sistema político debilitado, reducido a una serie de gráficas semanales que suben y bajan sin que sepamos realmente hacia dónde vamos. El riesgo es que confundamos el termómetro con el enfermo, y que la política chilena quede atrapada en su propio ciclo de expectativas.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Polarización en Chile: más afectiva que ideológica


La polarización chilena de los últimos años no puede comprenderse sólo en clave ideológica. Si fuera así, bastaría con mapear las diferencias programáticas entre derecha e izquierda en torno al rol del Estado, la reforma de pensiones o el modelo de desarrollo. Pero lo que se observa es distinto y más profundo: se trata de lo que la sociología política ha descrito como polarización afectiva. Este concepto, trabajado en estudios comparativos de democracias contemporáneas, apunta a la intensificación de los sentimientos negativos hacia los adversarios, al punto que la pertenencia política se define menos por las ideas que se sostienen y más por la identidad que se rechaza. No es ya una disputa sobre programas, sino sobre identidades sociales y morales.

En el caso chileno, la polarización afectiva se expresa en la creciente disposición a negar la legitimidad del otro como interlocutor válido. Las elecciones de los últimos años lo muestran con claridad: el voto en el plebiscito constitucional, tanto de entrada como de salida, se organizó no sólo en torno a posiciones respecto al texto, sino sobre todo en la consigna de que “con ellos no” —ya sea con los sectores de izquierda vinculados al estallido social o con la derecha considerada heredera del orden neoliberal. Lo mismo ocurre en el debate presidencial: más que programas detallados, lo que moviliza es el rechazo visceral a la posibilidad de que gobierne “el adversario”.

Este fenómeno se puede leer a la luz de varios marcos teóricos:

  1. Norbert Elias y la “sociedad de los individuos”
    Elias advirtió que los procesos de modernización generan tensiones entre autonomía individual y cohesión social. En Chile, el ciclo de transformaciones neoliberales fortaleció la autonomía de consumo, pero debilitó los lazos comunitarios. La política ya no logra recomponer esa tensión, produciendo fragmentación y rechazo mutuo.

  2. Pierre Bourdieu: capital y habitus
    El malestar de la “clase media endeudada” se explica como desajuste entre habitus (expectativas de movilidad ascendente) y capitales disponibles (económicos, culturales, sociales). Al no concretarse la promesa meritocrática, surge frustración y disposición a discursos radicalizados que prometen restaurar dignidad u orden.

  3. Niklas Luhmann y la desconfianza institucional
    La teoría de sistemas de Luhmann subraya que la legitimidad depende de la confianza en la complejidad institucional. En Chile, la caída en la credibilidad de partidos, Congreso y justicia impide la función básica de reducir incertidumbre. La política deja de ser mediadora y se convierte en escenario directo de enfrentamiento.

  4. Zygmunt Bauman: modernidad líquida y miedo
    La inestabilidad laboral, la inseguridad ciudadana y la incertidumbre vital generan lo que Bauman describía como una sociedad del miedo. Ese miedo líquido se traduce en polarización: refugio en identidades cerradas, rechazo visceral al diferente y búsqueda de soluciones rápidas.

  5. Chantal Mouffe y la agonística democrática
    Mouffe plantea que el conflicto es constitutivo de lo político. El problema no es la existencia de antagonismos, sino que éstos no logran encauzarse en formas institucionalizadas de agonismo. Chile enfrenta justamente esa dificultad: transformar el antagonismo —constituyente/anticontituyente, izquierda/derecha— en un desacuerdo gestionable dentro de reglas compartidas.

En este marco, las redes sociales cumplen un rol central. Como muestran estudios recientes de sociología digital, no sólo funcionan como “cámaras de eco”, sino que producen una amplificación de la negatividad: los algoritmos privilegian la indignación y el ataque sobre la deliberación. Ello intensifica lo que Daniel Mansuy denomina la “erosión de lo común”: la pérdida de un suelo compartido donde el disenso pueda sostenerse sin romper el vínculo social.

Lo particular del caso chileno es la combinación de alta polarización afectiva con baja cohesión de polos. A diferencia de EE.UU. o Brasil, donde dos bloques relativamente consolidados se enfrentan, en Chile las propias coaliciones se fragmentan: la derecha se divide entre Kast y Matthei; la izquierda, entre Frente Amplio y Partido Comunista. Como señala Alfredo Joignant, estamos ante un escenario de identidades políticas frágiles, donde la división es intensa, pero los bandos no se estabilizan.

La salida no pasa por negar la conflictividad —que es inherente a toda democracia—, sino por reconstruir mediaciones que permitan volver al agonismo en vez del antagonismo. Como recordaba Elias, la cohesión social nunca es natural, siempre es resultado de procesos civilizatorios que requieren instituciones sólidas y confianza mutua. El desafío chileno, en clave sociológica, es volver a articular esas mediaciones para que el desacuerdo no derive en desgarro social.

De este modo, la política se transforma en un campo de exclusión y no de negociación. La frase “con ellos no se puede vivir en común” condensa el quiebre del principio básico de la democracia: aceptar que el otro, aunque piense distinto, forma parte del mismo marco de ciudadanía. La polarización afectiva rompe ese acuerdo mínimo y convierte el desacuerdo en antagonismo, instalando la lógica de la enemistad más que la del disenso legítimo.



martes, 12 de agosto de 2025

Turismo Electoral: El nuevo deporte olímpico de los candidatos chilenos

 

Chile se prepara para una nueva elección parlamentaria y, como en cada temporada electoral, los carteles florecen, los jingles se reciclan, y los candidatos —como aves migratorias— buscan dónde anidar sus aspiraciones. No importa si es Arica o Aysén; lo relevante es que haya un cupo, una lista y, si se puede, un electorado poco exigente. Es el fenómeno que ya deberíamos declarar patrimonio de la desafección democrática: el turismo electoral.

¿Qué es el turismo electoral?

No hablamos de un candidato que se desplaza porque lo echaron de su distrito o porque su comunidad le pidió un sacrificio. No. Hablamos de postulantes que aterrizan en territorios desconocidos, muchas veces sin vínculos sociales, culturales ni políticos con el lugar, solo para aumentar sus posibilidades de ser electos. Algunos ni siquiera saben cuántas comunas tiene el distrito, otros se refieren a la "región del Ñuble" como si fuera una comuna de Santiago.

Como lo define el politólogo Claudio Fuentes, se trata de una “estrategia utilitaria de maximización electoral, donde lo territorial es un medio, no un fin”. Es decir, no buscan representar, buscan dónde caer parados.

Un poco de teoría: ¿Qué nos dice la ciencia política?

Desde la teoría de la representación (Pitkin, 1967), el representante debería tener algún tipo de vínculo real con la comunidad representada: ya sea por origen, trabajo, conocimiento o intereses comunes. Lo contrario es una ficción de la democracia, una especie de cosplay institucional: se visten de cercanía, pero no viven la realidad local.

La politóloga María Cristina Escudero advertía en un seminario de la Universidad de Chile que "la desconexión territorial en la representación parlamentaria es una de las causas de la desafección política, porque las personas sienten que los candidatos no conocen ni entienden sus realidades". Es decir, no solo es una estrategia electoral cuestionable, es una herida a la legitimidad democrática.

Postulantes nómades: el casting del Congreso

En cada elección aparece el casting de figuras: exalcaldes derrotados, celebridades olvidadas, influencers en busca de fuero, o incluso operadores reciclados del sistema. Muchos se presentan en el distrito que menos complicaciones les genere, no donde puedan aportar desde la experiencia o el compromiso.

¿Y qué hacen para “parecer de la zona”? Aprenden los nombres de algunas ferias, saludan en tono campechano, se sacan selfies con artesanos y ensayan un “¡guau, qué rica esta empanada!” que suena más a eslogan de reality show que a propuesta parlamentaria.

Ironías que no hacen reír

  • Un candidato que nunca ha vivido en la región pero dice “mi corazón siempre estuvo aquí”.

  • Otro que lleva una semana en el distrito y se saca una foto con un cartel que dice "¡Yo soy de acá!".

  • La clásica: “me siento parte de esta tierra”, como si la patria se traspasara por osmosis después de bajarse de un avión.

Es como si la representación fuera una actuación, y el Congreso, un casting abierto.

Consecuencias: política sin raíces

Esta práctica deteriora la democracia en varios niveles:

  1. Debilita el vínculo entre representantes y representados.

  2. Promueve el clientelismo y el marketing político en lugar del trabajo territorial.

  3. Genera frustración ciudadana al ver cómo el poder se reparte entre desconocidos que no volverán al territorio después de electos.

¿Cómo podríamos evitarlo?

No basta con el reproche moral o la denuncia periodística. Se requieren cambios normativos e incentivos institucionales:

  • Requisitos de arraigo territorial: como ocurre en otros países, exigir residencia o trabajo previo en el distrito por un tiempo mínimo.

  • Primarias obligatorias y abiertas: para evitar que las cúpulas partidarias impongan a dedo a los candidatos “importados”.

  • Financiamiento político más regulado: que no premie al más visible, sino al más activo en el trabajo territorial.

  • Sistemas de rendición de cuentas distritales: que obliguen a los parlamentarios a volver a sus territorios y reportar lo que hacen.

Reflexión final: ¿representación o ocupación?

Lo que debiera ser un vínculo basado en la confianza, la historia y el compromiso, se ha transformado en una competencia de marketing y cálculo. El Congreso no necesita más turistas con maletas de promesas y pasajes de regreso. Necesita representantes que conozcan el olor de la tierra, el nombre de sus ferias, y los sueños de su gente.

Porque si el Congreso se llena de "visitantes", la democracia se queda sin casa.

lunes, 4 de agosto de 2025

Multilateralismo en terapia, TLC con fiebre y el regreso del arancel: una crónica del mundo que cambió

 Las reglas del juego global están siendo reescritas. Los tratados sobreviven, pero las instituciones tambalean. ¿Estamos ante una transformación estructural o solo una recaída del orden internacional?







Introducción:

“Hay cosas que cambiaron y llegaron para quedarse, no creo que sea una lápida para los TLC pero sí hay una crisis del multilateralismo.” Esta frase, en apariencia moderada, encierra una de las tensiones más urgentes de nuestro tiempo: la dislocación entre las instituciones que supieron ordenar el comercio y la cooperación internacional en el siglo XX, y las dinámicas actuales marcadas por la fragmentación, el proteccionismo y la incertidumbre estructural.

En tiempos donde los discursos políticos abrazan el “interés nacional” con fervor redoblado y donde los organismos multilaterales luchan por mantenerse relevantes, se hace necesario revisar desde una mirada crítica y teórica qué está pasando realmente con el comercio global, los tratados y la idea misma de cooperación.

El multilateralismo: noble, útil y en coma inducido

El multilateralismo, ese acuerdo tácito que sostenía que los Estados debían coordinar sus decisiones por medio de instituciones compartidas, está en crisis. No se trata de una muerte súbita, sino de una larga agonía en la que organismos como la OMC o la ONU, otrora actores clave, parecen ahora más preocupados por sobrevivir que por resolver. Desde el neoinstitucionalismo político, esto se traduce en pérdida de legitimidad: cuando las instituciones no logran adaptarse a las nuevas dinámicas del poder, los actores las rodean o las abandonan.

Mientras tanto, las decisiones económicas más relevantes —como sanciones, subsidios o barreras comerciales— se están tomando fuera de estos marcos multilaterales, en acuerdos ad hoc, bilaterales o en Twitter, ese nuevo foro diplomático no tan diplomático.

El regreso (triunfal) del proteccionismo y la guerra arancelaria

Bajo la apariencia de decisiones “estratégicas” o de “soberanía económica”, el proteccionismo vuelve a ocupar la primera línea. Estados Unidos y China protagonizan guerras arancelarias que no solo alteran flujos comerciales, sino que reconfiguran cadenas de valor y reavivan viejas tensiones ideológicas. El arancel, que parecía condenado a los manuales de historia económica, ha vuelto como herramienta legítima de política pública… y también como amuleto electoral.

Desde la teoría realista en relaciones internacionales, esto no sorprende. Los Estados, se nos recuerda, actúan conforme a su interés. Lo que sí sorprende es la rapidez con la que ese interés ha mutado: de abrir mercados a protegerlos, de levantar puentes a reforzar muros.

Tratados de Libre Comercio: más vivos que muertos, pero con síntomas

Los TLC, en este contexto, ya no son tratados sacrosantos sino estructuras negociables. El caso del TLCAN, mutado en USMCA (T-MEC), es emblemático: no fue abolido, pero sí reformateado con reglas más rígidas, más condiciones laborales y una letra pequeña que deja poco margen a la ingenuidad neoliberal. Lo mismo está ocurriendo con muchos tratados bilaterales que se reconfiguran para incluir cláusulas de seguridad, medioambiente o incluso geopolítica tecnológica.

Desde una lectura sociológica, especialmente bajo la lente de Zygmunt Bauman, podríamos decir que vivimos una “globalización líquida” donde todo fluye… incluso los principios que antes parecían sólidos. Lo que llega para quedarse no siempre es lo mejor, pero sí lo más adaptativo: tratados flexibles, acuerdos con dientes y un comercio global regido más por la fuerza que por las normas.

¿Y ahora qué?

La gran paradoja contemporánea es esta: el mundo necesita más cooperación global que nunca —para enfrentar pandemias, cambio climático, migraciones y desafíos digitales—, pero el sistema internacional parece haber redescubierto la comodidad del repliegue nacional, el uso estratégico del arancel y la sospecha permanente hacia lo colectivo.

Quizá, como ironizaba un diplomático anónimo en un pasillo de Bruselas: “El multilateralismo no ha muerto. Está tomando una siesta larga, con los ojos abiertos y las manos en los bolsillos.”