Durante años, Doris Cooper hizo algo que la discusión pública chilena parece haber olvidado: entró a las cárceles para intentar comprender a quienes estaban dentro. No para justificarlos, romantizarlos ni convertir al delincuente en víctima automática de la sociedad. Quería saber de dónde venían determinadas formas de delincuencia, qué códigos tenían, cómo se organizaban y qué condiciones sociales permitían que esos mundos se reprodujeran. Su investigación sobre la delincuencia común chilena fue empírica y extensa, y buena parte de ella nació precisamente de ese contacto directo con las poblaciones penales.
Volver a Cooper hoy resulta particularmente incómodo porque Chile discute seguridad casi exclusivamente desde el delito consumado. Contamos homicidios, encerronas, secuestros, extorsiones, armas incautadas y toneladas de droga. Naturalmente debemos hacerlo. Una sociedad democrática tiene el deber elemental de proteger a sus ciudadanos y utilizar legítimamente la fuerza del Estado contra quienes los amenazan. Pero después de detener, condenar y encarcelar queda una pregunta que ninguna patrulla puede responder: ¿por qué determinados territorios y grupos sociales producen y reproducen ciertas formas de criminalidad?
Ahí Cooper sigue teniendo algo que decirnos.
Una de sus contribuciones fue la denominada “teoría del continuo subcultural de la delincuencia”, publicada ya en 1989. Su planteamiento buscaba distinguir formas de delincuencia vinculándolas con diferentes contextos sociales, culturales y económicos, en vez de imaginar el delito como un fenómeno homogéneo. Más adelante desarrollaría la idea de distintos “nichos etiológicos”: contextos socioestructurales y culturales diferentes capaces de producir formas también diferentes de delincuencia. Entre ellos identificó pobreza y extrema pobreza, estructuras culturales machistas y patriarcales, determinadas realidades rurales y factores psicopatológicos.
La palabra importante es contexto.
Porque decir que existe un contexto social para el delito no significa afirmar que la pobreza convierte automáticamente a alguien en delincuente. Millones de personas pobres jamás han cometido un delito y sería profundamente injusto establecer semejante equivalencia. Significa algo diferente: que determinadas condiciones pueden facilitar la formación de subculturas donde aparecen códigos, jerarquías, identidades y oportunidades económicas propias.
Cooper observó precisamente eso en el antiguo hampa chileno. Encontró una estructura con categorías, prestigios internos, normas y códigos. Investigaciones contemporáneas que revisan su obra recuerdan que aquel mundo de “ladrones profesionales” tenía incluso reglas que limitaban ciertas formas de violencia y establecían jerarquías entre asaltantes, monreros, lanzas, mecheros y otras especialidades.
Y aquí aparece una pregunta fascinante para el Chile de 2026:
¿qué ocurrió cuando aquella contracultura del hampa se encontró con la cultura del narcotráfico?
Probablemente ahí exista una de las transformaciones sociales más importantes de nuestras últimas décadas.
El delincuente que Cooper estudió pertenece parcialmente a otro Chile. El narcotráfico introdujo algo distinto: dinero rápido, control territorial, armas, capacidad de intimidación y una violencia que no necesita respetar los antiguos códigos del hampa. La investigación reciente ha utilizado precisamente el contraste entre aquel mundo descrito por Cooper y el narco contemporáneo para advertir sobre esta transformación.
Pero existe algo todavía más profundo. El narcotráfico no ofrece solamente dinero. Ofrece pertenencia.
Y esa cuestión conecta directamente con otra dimensión de Cooper. En 1999 relacionó determinadas expresiones de violencia con problemas de identidad y solidaridad, señalando que pandillas y grupos marginales podían entregar identidad, protección, afecto y pertenencia allí donde otras estructuras sociales habían perdido capacidad de hacerlo.
Leído veintisiete años después, aquello resulta inquietantemente actual.
Porque quizás llevamos demasiado tiempo preguntándonos cómo sacar al narco de las poblaciones y demasiado poco preguntándonos qué puso el narco en los espacios que otros abandonaron.
Cuando una organización criminal ofrece ingresos, identidad, protección, reconocimiento y pertenencia a un adolescente, el problema ya no es solamente policial. Se ha convertido en una disputa por la socialización. El narcotráfico comienza a competir con la familia, la escuela, el barrio, el trabajo e incluso con el propio Estado.
Y entonces aparece la anomia.
Una sociedad dice a sus jóvenes que deben progresar, consumir, tener éxito y demostrarlo. Pero no todos disponen de los mismos medios legítimos para alcanzar aquello que la propia sociedad presenta como deseable. Cuando la distancia entre expectativas y oportunidades se vuelve demasiado grande, pueden aparecer caminos alternativos para obtener dinero, reconocimiento y estatus. Cooper vinculó precisamente parte de su explicación criminológica con pobreza, exclusión y economías informales e ilegales.
Hoy podríamos agregar algo que su época apenas comenzaba a conocer: las redes sociales.
El muchacho de una población ya no compara su vida solamente con la del vecino. Lleva en el bolsillo una pantalla que le muestra permanentemente automóviles, zapatillas, viajes, relojes y estilos de vida que funcionan como símbolos de éxito. La sociedad de consumo democratizó el deseo mucho más rápido que las oportunidades para satisfacerlo.
Eso no transforma automáticamente a nadie en delincuente.
Pero sería ingenuo pensar que no produce tensiones.
Por eso recuperar a Cooper tampoco significa convertir sus teorías en dogma. Algunas categorías pertenecen a otra época, otras necesitan revisión empírica y explicar estructuralmente el delito jamás puede significar diluir la responsabilidad individual. Quien asesina, secuestra o extorsiona debe responder ante la ley. Comprender no significa absolver.
Esa distinción debería ser fundamental para una política moderna de seguridad.
La derecha suele sentirse más cómoda hablando de control, policía, penas y cárceles. La izquierda ha privilegiado históricamente las causas sociales, la desigualdad y la prevención. Chile necesita abandonar esa falsa elección. El Estado debe llegar antes que el delincuente, pero también después; debe prevenir y castigar; ofrecer oportunidades y ejercer autoridad.
Una patrulla puede recuperar una esquina durante una noche. Una condena puede sacar de circulación a un delincuente peligroso. Ambas cosas son necesarias. Pero ninguna, por sí sola, reconstruye una comunidad.
Si queremos disputar realmente los territorios al narcotráfico tendremos que reconstruir aquello que permite que una comunidad vuelva a producir pertenencia por vías legítimas: escuelas capaces de retener, barrios habitables, deporte, organizaciones sociales, trabajo, policías respetadas, municipios presentes y un Estado que no aparezca solamente después del homicidio.
Quizás ésa sea una de las razones por las que vale la pena volver a leer a Doris Cooper.
No porque haya dejado una fórmula para solucionar la delincuencia chilena de 2026. El país cambió, el delito cambió y también cambiaron las organizaciones criminales.
Su aporte está en otra parte: nos enseñó a mirar detrás del delito.
Y en tiempos en que la discusión pública parece dividirse entre quienes quieren explicar todo mediante las condiciones sociales y quienes creen que basta con aumentar las penas, aquella mirada resulta extraordinariamente vigente.
Chile necesita cárceles para quienes deben estar presos. Necesita policías fuertes, fronteras controladas y barrios donde vuelva a imperar la ley. Pero también necesita preguntarse por qué un adolescente puede encontrar más identidad, reconocimiento y futuro dentro de una organización criminal que fuera de ella.
Porque cuando el narco comienza a ofrecer comunidad, protección y pertenencia, mientras el Estado ofrece solamente castigo después del delito, la batalla comenzó mucho antes de que escucháramos el primer disparo.
Y Doris Cooper, varias décadas atrás, ya nos estaba diciendo que miráramos precisamente allí.
Teoría del continuo subcultural de la delincuencia — Universidad de Chile

No hay comentarios:
Publicar un comentario