lunes, 15 de marzo de 2021


Segunda parte: De la naturaleza humana

Tal vez uno de los más importantes tratados acerca de la naturaleza humana fue el Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, escrito por Thomas Hobbes en 1651, en el que el autor afirma que la condición humana es salvaje y vengativa de manera intrínseca:

Las leyes de naturaleza (tales como las de justicia, equidad, modestia, piedad y, en suma, la de haz a otros lo que quieras que otros hagan para ti) son, por sí mismas, cuando no existe el temor a un determinado poder que motive su observancia, contrarias a nuestras pasiones naturales, las cuales nos inducen a la parcialidad, al orgullo, a la venganza y a cosas semejantes. (Hobbes; 1651)

Este Estado deviene un conflicto constante, en el que los hombres luchan los unos con los otros:

Los hombres están en continua pugna de honores y dignidad […] y a ello se debe que entre los hombres surjan por esta razón, la envidia y el odio, y finalmente la guerra (Hobbes; 1651)

Para Hobbes, esta situación sólo puede ser mediada por un tercero, que sea, para el autor, mejor y más grande que los meros hombres, es decir, la suma de ellos: el Estado, que para el autor será representado como el Leviatán, un “monstruo” que une y unifica las subjetividades. A éste Estado los hombres le entregarán la potestad para mediar entre ellos, estableciendo normas y reglas para la vida en sociedad.

El único camino para erigir semejante poder común, capaz de defenderlos contra la invasión de los extranjeros y contra las injurias ajenas, asegurándoles de tal suerte que por su propia actividad y por los frutos de la tierra puedan nutrirse a sí mismos y vivir satisfechos, es conferir todo su poder y fortaleza a un hombre o a una asamblea de hombres, todos los cuales, por pluralidad de votos, puedan reducir sus voluntades a una voluntad. (Hobbes; 1651)

El hombre, por tanto, tiene la necesidad imperiosa de asociarse entre ellos, por el temor que representará esta figura, suma de las individualidades, es decir, al Estado.

Si bien dentro de un estado ideal, considerando que las idea del conflicto no nace de las relaciones dadas en el Estado, sino de la naturaleza intrínseca del hombre, la idea de conflicto se resuelve por medio de la renuncia a la voluntad individual, para ser mediado por una forma de gobierno absoluta.
           
Siglos más tarde, la noción del conflicto en la sociedad será retomada desde otra perspectiva, ya no desde la naturaleza “pasional” de los hombres, sino desde la relación de los individuos con el Estado. Para Karl Marx, el conflicto se estructura desde la lucha de clases, teniendo relación directa a lo que Hobbes había planteado, la unión de los hombres en un Estado que rija por sobre ellos, pero que establece necesariamente la relación lineal de los dominados por debajo de los dominantes.

Para Marx, “Toda la historia de la sociedad humana, hasta el día, es una historia de la lucha de clases” que tendrá como punto de partida la relación del trabajo y las formas de apropiación.

Marx analizará entonces las realidades sociales históricas, entendiendo que la diferenciación del trabajo se da de manera progresiva en la sociedad. El autor Benjamín Tejerina (1991: p.48). establece una tipología de la sociedad según Marx, separando en tres momentos.

En un primer momento, indica Tejerina, Marx separa los procesos sociales que caracterizan a la clase burguesa, separando en dos dimensiones: las relaciones que el hombre establece con la naturaleza, su entorno y entre ellos; y las relaciones de producción que se establecen en toda sociedad, y la forma de estructurarlas. Un segundo momento considera la dominación (clasista) como forma de articulación de una sociedad (burguesa), en torno a un modelo dicotómico, arquetípico y funcional: la burguesía como clase dominante y el proletariado como clase dominada. Un tercer momento está delimitado por la consideración de los elementos centrales del conflicto y la cristalización de una clases social, planteando una doble necesidad: la existencia de grupos contrapuestos y su objetivación social en grupos organizados, la consciencia de clase (Tejerina; 1991: p.48).

En base a la producción, las sociedades van articulando y generando el conflicto, en la relación que establecen con la naturaleza y los medios de producción, estableciendo relaciones sociales:

En la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre los otros. No pueden producir sin asociarse de cierto modo, para actuar en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir, los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es como se relacionan con la naturaleza y cómo se efectúa la producción” (Giddens, 1977)

Es sobre ésta estructura de dominación clasista que Marx estructura su teorización acerca de la dominación de clases, entendiendo que la clase social en Marx está delimitada por la relación de los individuos con la propiedad de los medios de producción, que se articula de manera jerárquica: una clase dominante, con la propiedad de los medios de producción, y la clase dominada, que no la tiene.

Aún así, esta separación con los medios de producción es sólo una primera instancia, ya que en Marx esta relación dicotómica no es suficiente para mantener y perpetuar un orden de desigualdad (Tejerina; 1991: p. 49), sino que son las ideas, las condiciones políticas, jurídicas y sociales sobre las que los individuos establecen sus percepciones las que permiten la continuación de la desigualdad:

Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes de cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente (Marx y Engels, 1974, p. 50)

En el campo de las ideas, Marx establece una directa relación entre la ideología de una sociedad y la representación con que ésta se manifiesta en su comportamiento material (Tejerina; 1991: p. 49), que es donde toma mayor importancia la relación dialéctica de la lucha de clases:

La producción de las ideas y representaciones, de la conciencia, aparece al principio directamente entrelazada con la actividad material y el comercio material de los hombres, como el lenguaje de la vida real. Las representaciones, los pensamientos, el comercio espiritual de los hombres se presentan todavía, aquí, como emanación directa de su comportamiento material. Y lo mismo ocurre con la producción espiritual, tal y como se manifiesta en el lenguaje de la política, de las leyes, de la moral, de la religión, de la metafísica, etc., de un pueblo. Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias. La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es su proceso de vida real (Ibíd., 1974).

En éste sentido, la materialización de las ideas de la clase dominante determinan y estructuran el entorno social para la clase dominada, llevando la lucha de clase a un plano ideológico - político, en el que imponer sus ideas por sobre la otra clase se vuelve determinante:

De donde se desprende que todas las luchas que se libran dentro del Estado, la lucha entre la democracia, la aristocracia y la monarquía, la lucha por el derecho de sufragio, etc., no son sino las formas ilusorias bajo las que se ventilan las luchas reales entre las diversas clases […] Y se desprende, asimismo, que toda clase que aspire a implantar su dominación, aunque ésta, como ocurre en el caso del proletariado, condicione en absoluto la abolición de toda la forma de la sociedad anterior y de toda dominación en general, tiene que empezar conquistando el poder político, para poder presentar su interés como el interés general, cosa a que en el primer momento se ve obligada (Ibíd., 1974).

La pugna, por tanto, no se determina por el mero eje económico de la propiedad de los medios de producción, sino más bien, por sobre las ideas que permiten el mantenimiento y continuación de ese sistema, es decir, el eje político en el que se afirma la dominación.

Las clases deben, en tanto estructuración de los términos para el conflicto, configurarse en torno a intereses, y serán éstos los que contribuyan a la configuración de grupos organizados, teniendo la finalidad de eliminar la competencia entre los obreros y permitiendo la lucha en contra del capitalista (Tejerina; 1991: p. 52)

Son éstos intereses los que permiten la conformación de una consciencia de clase, que genera a la par un sentido de pertenencia, en el que se estructurará la clase como tal, con un sentido de pertenencia colectivamente organizado (en tanto representación), con una determinada forma política, como expresión de sus intereses colectivos.

Entendiendo que para Marx la noción del conflicto social es constituyente de las sociedades, y se vuelve inseparable de la vida en sociedad, podemos considerar a otro autor que considera al conflicto como un ente diametralmente opuesto: es el caso de Talcott Parsons.

Para Parsons, el conflicto inherente en la sociedad afecta al sistema en su funcionalidad, que genera problemas de segregación sistémica, afectando los roles y el status de los individuos (Stropparo; 2006: p. 153)

Parsons tomará las ideas de Hobbes como primer eje del conflicto, en tanto la naturaleza humana como generadora de conflicto, estableciendo la relación existente entre los hombres para la consecución de sus deseos:

En el pensamiento de Hobbes, la razón de este peligro de conflicto está en el papel jugado por el poder. Puesto que todos los hombres buscan realizar sus deseos, deben necesariamente buscar el control de los medios para esta realización (...). La consecuencia es que, de los medios que un hombre controla para sus fines, otro se ve necesariamente privado. En consecuencia, el poder, como fin próximo, es intrínsecamente una fuente de división entre los hombres” (Parsons, 1968: p.136).

En éste esquema, se genera la posibilidad latente de la guerra, considerando que los medios para imponer las ideas de uno por sobre las del otro guardan relación con la naturaleza humana, es decir, usando “los medios más eficaces disponibles. Estos medios resultan ser, en último término, la fuerza y el fraude” (Parsons, 1968: p. 137).

Siendo así, la cuestión del orden en Parsons se vuelve relevante, al buscar una forma de integrar las motivaciones de todos los sectores y sus normativas sociales:

 El problema del orden y, por ello el de los sistemas estables de la interacción social (o lo que es igual, de la estructura social), se centra en la integración de la motivación de los actores con los criterios normativos culturales que integran el sistema de acción, en nuestro contexto interpersonalmente” (Parsons, 1980: p. 44).

En este sentido, se dará una importancia relevante a la orientación valorativa en la acción, considerando que las relaciones sociales en el conjunto de la sociedad están vinculadas con las de otros, y en esa dependencia toma relevancia en un sistema de alternativas (Stropparo; 2006: p. 153). En palabras de Parsons:

La estabilidad de la interacción depende, a su vez, de la condición de que los actos de valoración particulares por ambas partes deben estar orientados por criterios comunes, puesto que sólo sobre las bases de estos criterios es posible el <> en los contextos motivacional y de la comunicación (...). La condición básica para que pueda estabilizarse un sistema de interacción es que los intereses de los actores tiendan a la conformidad con un sistema compartido de criterios de orientación de valor” (Parsons 1980: pp. 44-45).

Este eje valorativo de la acción tiene, en el hombre, un carácter moral, considerando que cada una de las acciones vincula a los individuos por medio de obligaciones, que hay que cumplir:

Los criterios de valor que definen las expectativas de rol institucionalizadas asumen, en un grado mayor o menor, una significación moral. La conformidad con ellos, en este sentido, se convierte hasta cierto punto, en una cuestión de cumplimiento de las obligaciones que el ego comporta, en relación con los intereses del sistema de acción más amplio en el que se encuentra implicado, es decir, el sistema social” (Parsons, 1980: p. 48).

Considerando eje moral y valorativo, Parsons postulará que la estabilidad de un sistema social determinado depende de la internalización, por parte de los actores, de los valores institucionalizados:

Sólo en virtud de la internalización de valores institucionalizados tiene lugar una auténtica integración motivacional de la conducta en el sistema social; sólo así los <> estratos de la motivación quedan pertrechados para el cumplimiento de las expectativas de rol. […] Sólo cuando esto ha tenido lugar en alto grado es posible decir que un sistema se encuentra altamente integrado y que los intereses de la colectividad y los intereses privados de sus miembros constituyentes se aproximan a la coincidencia” (1980: p. 49).

Podemos decir entonces, que Parsons está articulando una teoría del consenso o de la integración social, en que la sociedad en su conjunto es un sistema constante, estable y integrado, en que  cada elemento en la sociedad aporta a su funcionamiento, y son los valores, comunes a todos, los que mantienen este consenso (Duek; 2010: p. 3).

Con todo, el gran problema en Parsons será el explicar que los hombres son libres en la elección de los fines que persiguen, tanto los fines que elijan como los medios que consideren para alcanzarlos, pero que esa elección se hace, necesariamente, en torno a valores moralmente establecidos, lo que previene el caos social, o la “guerra de todos contra todos” de la que hablaba Hobbes. La cuestión del orden social, entonces, estará asentada en una congruencia entre los valores individuales y la moral social (Stropparo; 2006: p. 146).

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