En tiempos donde la política suele alternar entre la arrogancia tecnocrática y el cinismo populista, la figura de José “Pepe” Mujica —expresidente de Uruguay y exguerrillero tupamaro— emerge como una rareza ética. A sus 89 años, su legado no reside tanto en leyes o reformas, sino en su filosofía de vida y su forma de hacer política: una ética austera, profundamente liberal, enraizada en la experiencia de la derrota, la cárcel y la reflexión vital.
Mucho se ha dicho sobre Mujica como “el presidente más pobre del mundo”. Sin embargo, ese apodo superficial reduce una trayectoria mucho más compleja: la de un hombre que pasó del marxismo armado al pensamiento libertario-humanista, sin por ello abandonar su compromiso con la justicia social.
De la revolución al Estado
Sociológicamente, Mujica representa el tránsito de lo que Ralf Dahrendorf llamaba la “política del conflicto” a la “política de la institucionalización”. Formado en la lucha armada de los años 60 y 70, Mujica encarnaba el ideal revolucionario latinoamericano: cambio estructural a través de la confrontación directa con el poder oligárquico.
Pasó 14 años en prisión, aislado, incomunicado, casi deshumanizado. Paradójicamente, ese tiempo no lo radicalizó más, sino que lo moderó. En sus propias palabras:
“Me comí 14 años en cana y dos horas después de que salí, ya estaba militando.”
Ese “volver a militar” no fue regresar al fusil, sino reconstruirse dentro del juego democrático. Ingresó al Frente Amplio, un espacio plural de la izquierda uruguaya, y desde allí comenzó su travesía institucional: diputado, ministro, senador, presidente.
Un liberalismo austero y existencial
La sociología contemporánea habla del “individuo reflexivo” (Giddens), alguien que, tras experiencias límite, redefine sus prioridades. Mujica no se volvió neoliberal ni burgués; se volvió radicalmente libre. En un mundo obsesionado con acumular, él eligió despojarse:
“No soy pobre, soy sobrio. Vivo con lo justo para que las cosas no me roben la libertad.”
Aquí Mujica se sitúa más cerca de los antiguos estoicos que de Marx. Su discurso sobre el consumo no es un sermón religioso ni una consigna militante. Es una crítica existencial al modo de vida capitalista. No busca destruir el mercado, sino desenmascarar su promesa vacía: que más bienes traerán más felicidad.
“La verdadera libertad está en consumir poco.”
Esta frase —sencilla pero demoledora— sintetiza un liberalismo ético poco común en la izquierda latinoamericana. Mujica no propone estatismo, sino autonomía; no impone modelos, sino una invitación a elegir conscientemente cómo vivir.
Libertades civiles, sin dogmas
Durante su presidencia (2010–2015), Uruguay aprobó leyes pioneras en América Latina:
-
Matrimonio igualitario.
-
Legalización del aborto.
-
Regulación del cannabis.
Estas no fueron medidas “progresistas” en el sentido superficial del término. Fueron decisiones profundamente liberales, nacidas de la convicción de que el Estado no debe meterse en la vida privada de las personas.
“El matrimonio gay es más viejo que el mundo. No legalizarlo sería torturar a las personas inútilmente.”
Mujica habla desde el sentido común ético, no desde la trinchera ideológica. En esto, su figura recuerda a los viejos liberales radicales del siglo XIX: la libertad como principio absoluto, tanto en lo económico como en lo moral.
Una crítica al desarrollismo sin alma
Su mirada ecológica también rompe con el fetichismo del “crecimiento económico”. En un discurso en la ONU que dio la vuelta al mundo, dijo:
“Arrasamos las selvas verdaderas, e implantamos selvas anónimas de cemento.”
Aquí Mujica muestra su influencia del pensamiento ecologista, no como moda, sino como cuestionamiento profundo al modelo civilizatorio. En lugar de “progreso”, propone “vida con sentido”. En vez de PIB, propone tiempo.
“La libertad es tener tiempo para hacer lo que te gusta.”
Desde la teoría sociológica, su propuesta dialoga con autores como Ivan Illich o Serge Latouche, que denuncian la “sociedad del rendimiento” como una cárcel moderna.
¿Un liberal de izquierda?
En la taxonomía política clásica, Mujica descoloca. ¿Es de izquierda? Sin duda, por su defensa de los pobres y su crítica al privilegio. ¿Es liberal? Absolutamente, por su defensa de la libertad individual, la autonomía, la pluralidad.
Es, quizás, uno de los pocos ejemplos vivos de que se puede ser de izquierda sin ser autoritario, liberal sin ser elitista, austero sin ser moralista, revolucionario sin ser dogmático.
Conclusión: la libertad como herencia
El pensamiento de Mujica no es una ideología cerrada, sino una ética vivida. Un camino que va del resentimiento a la sabiduría, del odio al perdón, de la verticalidad del mando a la horizontalidad del diálogo.
“La política no es para enriquecerse, es para servir a los demás.”
En una época de narcisismo político, su humildad es revolucionaria. En tiempos de polarización, su sentido común es subversivo. Y en un mundo que corre sin sentido, su pausa es profundamente transformadora.
Una síntesis original: libertad individual con responsabilidad colectiva
Pepe Mujica no cabe en las categorías ideológicas tradicionales. Su pensamiento puede resumirse como una síntesis entre liberalismo ético y justicia social. Cree en el individuo, pero no en el individualismo. Defiende la propiedad, pero denuncia la acumulación sin sentido. Valora el trabajo, pero rechaza el productivismo.
Desde una mirada sociológica, es el ejemplo de un actor que internalizó el conflicto, pero eligió superarlo mediante la moderación y el diálogo. Su historia personal lo legitima: nadie puede acusarlo de “traidor” por abandonar la vía armada; lo hizo por convicción, no por conveniencia.
Hay que ser libre de ataduras materiales, mentales y políticas. Pepe Mujica
No hay comentarios:
Publicar un comentario