sábado, 4 de octubre de 2025

La República: palabra, rito y permanencia

 


Hubo un tiempo en que la República era una palabra solemne. No aludía solo a un sistema de gobierno, sino a una forma de entender la convivencia: la primacía del bien común sobre el interés particular, la virtud sobre el cálculo, la ley sobre la voluntad.

Desde los albores de la independencia, los hombres públicos chilenos —cualquiera fuese su ideología— entendían que gobernar no era solo administrar recursos, sino custodiar símbolos. Portales hablaba de “orden” como el sostén moral del Estado; Lastarria y Bilbao, desde la vereda liberal, lo concebían como el espacio donde el ciudadano debía emanciparse mediante la educación y la participación. En ambos, el sentido republicano era claro: la política no es patrimonio de los gobernantes, sino de la comunidad cívica que confía en ellos.

Esa noción se encarnó durante mucho tiempo en formas, protocolos, lenguajes. Cada mensaje presidencial, cada presupuesto, cada acto de Estado llevaba implícita una liturgia: la de reafirmar la continuidad republicana frente al paso efímero de los gobiernos. La Glosa Republicana era una de esas pequeñas liturgias: un recordatorio de que el poder se ejerce bajo la mirada del conjunto, no bajo el amparo del aplauso propio.

Por eso su ausencia duele más de lo que se admite. No por nostalgia, sino porque revela una amnesia institucional: la incapacidad de los gobiernos contemporáneos para comprender el peso simbólico de sus actos. La República se fundó sobre la palabra —juramentos, constituciones, leyes, mensajes—, y cuando esa palabra se vuelve instrumental o silenciosa, la República se desvanece.

Los antiguos entendían que las formas sostienen el fondo. Que sin lenguaje republicano, la política se degrada en mera administración; que sin liturgia, el Estado se vacía de sentido. La modernidad no debería haber significado despojar a la República de su ritualidad, sino renovarla para los tiempos presentes: hacer que el gesto siga siendo gesto, aunque el lenguaje cambie.

Hoy, cuando todo parece reducirse a rendimientos y balances, tal vez sea momento de recordar que la República no se mide en cifras, sino en dignidad pública. Y que cada acto, cada palabra, cada glosa, sigue siendo —o podría volver a ser— un eco de esa antigua promesa:
que los asuntos del Estado pertenecen a todos, no a los que circunstancialmente lo gobiernan.




lunes, 15 de septiembre de 2025

Encuestitis en Chile: la democracia atrapada en el termómetro

 

En Chile ya no esperamos el parte médico, ni siquiera el pronóstico del tiempo con tanta ansiedad. Lo que realmente nos quita el sueño es la encuesta del domingo. Vivimos pendientes del gráfico de barras, del punto decimal, del “margen de error”. Es la encuestitis, esa fiebre que convierte cada semana en un plebiscito anticipado.

La política, en lugar de conducir proyectos, parece mirar nerviosamente el termómetro: ¿subimos dos puntos?, ¿bajamos tres?, ¿qué dice la pregunta 12? Las ideas se ajustan como quien cambia la dieta después de subirse a la balanza. Y así, la política chilena, que alguna vez pretendió ser un espacio de convicciones y grandes relatos, parece reducida a un tablero de estadísticas.

 

La encuesta como productora de realidad

Pierre Bourdieu advertía que las encuestas no solo miden lo que existe: también crean realidad. Preguntar es ordenar el mundo; publicar los resultados es instalar un consenso. En Chile, basta con aparecer arriba en un gráfico para que un candidato sea presentado como “serio contendor”, y basta con caer algunas décimas para ser tratado como “carta muerta”.

Lo más llamativo es que esta construcción descansa en bases muy frágiles:

  • muestras que a veces no superan las mil personas,

  • márgenes de error que se comunican como si fueran verdades absolutas,

  • y cuestionarios diseñados con sesgo de arranque, que guían las respuestas.

A pesar de ello, la encuesta se transforma en el lenguaje oficial de la política. Un diputado puede pasar meses trabajando una propuesta legislativa, pero si en la encuesta su coalición marca menos de 20%, ese esfuerzo queda invisibilizado. En el campo mediático, los datos de la encuesta pesan más que el contenido de las ideas.

En la práctica, lo que se difunde no es la realidad social, sino una versión parcial de ella que termina sustituyendo la conversación política. Se habla más de “lo que piensa la gente” según el sondeo que de los problemas reales que afectan a esa misma gente.

 

El mercado de las expectativas

Anthony Giddens describía la modernidad como un proceso de reflexividad: una sociedad que se observa a sí misma permanentemente. En Chile, las encuestas cumplen justamente esa función: no nos dicen lo que pasa, sino lo que creemos que pasa según la percepción de los demás.

Esto genera un mercado de expectativas en el que los políticos se comportan como inversionistas bursátiles. Su capital no son acciones, sino puntos porcentuales. Cada alza es celebrada como un “superávit de confianza”; cada baja se traduce en ajuste de discurso, cambio de estrategia o incluso de asesores de campaña.

El resultado es perverso: la política deja de ser un espacio de conducción y se convierte en un juego de espejos. No se actúa para resolver problemas estructurales, sino para estar en sintonía con lo que supuestamente piensa el electorado esa semana. Como en el mercado financiero, lo que importa no es la realidad, sino la expectativa de la realidad.

El ritual de la legitimidad

Niklas Luhmann decía que los sistemas sociales necesitan rituales para reducir la complejidad. En Chile, la encuesta funciona como ese ritual. Cada domingo, los noticiarios ofrecen una especie de ceremonia colectiva: gráficos coloridos, expertos serios, paneles de opinión y la inevitable pregunta: “¿subió o bajó?”.

El efecto es que la ciudadanía asimila la política como una serie de “marcadores semanales”, al modo de la tabla de posiciones en un campeonato. Y como en el fútbol, no importa tanto cómo se jugó, sino si el equipo ganó o perdió puntos.

La encuesta se convierte en un sacramento secular: valida a unos, condena a otros, otorga legitimidad momentánea a quienes encabezan los gráficos y debilita a quienes caen en ellos. Se instala la ilusión de certeza en medio de la incertidumbre política. Pero, como todo ritual, lo importante no es la verdad de lo que se mide, sino la confianza en el rito mismo.

El riesgo de la profecía autocumplida

La encuestitis no es un juego inocente. Al transformar la encuesta en el centro de la conversación pública, convertimos el voto en una especie de apuesta estratégica. Muchos ciudadanos ya no votan por el proyecto que consideran mejor, sino por el que creen que puede ganar.

Esto desencadena un fenómeno de profecía autocumplida: si un candidato aparece como “sin posibilidades”, queda liquidado antes de la elección. Al revés, quien lidera las encuestas recibe un impulso extra, incluso si sus propuestas son débiles o ambiguas. La política se transforma en un casino donde los dados no reflejan azar, sino expectativas manipuladas.

Peor aún, los actores políticos adaptan sus discursos no a lo que creen justo o necesario, sino a lo que el sondeo indica como rentable. Así, la democracia se convierte en un espacio de cálculo estratégico permanente, donde el contenido cede ante la táctica.

 ¿Cómo salir de la fiebre?

La solución no pasa por prohibir las encuestas: son herramientas legítimas y necesarias cuando están bien hechas y se interpretan con prudencia. El problema surge cuando se transforman en brújulas absolutas que definen el rumbo de la política.

Salir de la fiebre implica varias cosas:

  1. Regular la difusión de encuestas en períodos electorales para evitar su uso como herramienta de manipulación más que de información.

  2. Fomentar la educación cívica para que la ciudadanía entienda márgenes de error, sesgos y limitaciones metodológicas.

  3. Recuperar la deliberación democrática, es decir, volver a poner las ideas, los proyectos y los debates en el centro de la política.

  4. Reforzar los espacios de discusión pública (foros, cabildos, debates programáticos) donde el valor esté en la argumentación y no en la gráfica de turno.

En definitiva, la pregunta central no debería ser “¿cuánto marcó?”, sino “qué propone y para quién”.

Conclusiones

La encuestitis es síntoma de una democracia que ha delegado su sentido en los números. Los candidatos ya no parecen querer conducir un proyecto de país, sino apenas surfear la ola de las percepciones.

Y como toda fiebre, la encuestitis puede dejar secuelas: un sistema político debilitado, reducido a una serie de gráficas semanales que suben y bajan sin que sepamos realmente hacia dónde vamos. El riesgo es que confundamos el termómetro con el enfermo, y que la política chilena quede atrapada en su propio ciclo de expectativas.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Polarización en Chile: más afectiva que ideológica


La polarización chilena de los últimos años no puede comprenderse sólo en clave ideológica. Si fuera así, bastaría con mapear las diferencias programáticas entre derecha e izquierda en torno al rol del Estado, la reforma de pensiones o el modelo de desarrollo. Pero lo que se observa es distinto y más profundo: se trata de lo que la sociología política ha descrito como polarización afectiva. Este concepto, trabajado en estudios comparativos de democracias contemporáneas, apunta a la intensificación de los sentimientos negativos hacia los adversarios, al punto que la pertenencia política se define menos por las ideas que se sostienen y más por la identidad que se rechaza. No es ya una disputa sobre programas, sino sobre identidades sociales y morales.

En el caso chileno, la polarización afectiva se expresa en la creciente disposición a negar la legitimidad del otro como interlocutor válido. Las elecciones de los últimos años lo muestran con claridad: el voto en el plebiscito constitucional, tanto de entrada como de salida, se organizó no sólo en torno a posiciones respecto al texto, sino sobre todo en la consigna de que “con ellos no” —ya sea con los sectores de izquierda vinculados al estallido social o con la derecha considerada heredera del orden neoliberal. Lo mismo ocurre en el debate presidencial: más que programas detallados, lo que moviliza es el rechazo visceral a la posibilidad de que gobierne “el adversario”.

Este fenómeno se puede leer a la luz de varios marcos teóricos:

  1. Norbert Elias y la “sociedad de los individuos”
    Elias advirtió que los procesos de modernización generan tensiones entre autonomía individual y cohesión social. En Chile, el ciclo de transformaciones neoliberales fortaleció la autonomía de consumo, pero debilitó los lazos comunitarios. La política ya no logra recomponer esa tensión, produciendo fragmentación y rechazo mutuo.

  2. Pierre Bourdieu: capital y habitus
    El malestar de la “clase media endeudada” se explica como desajuste entre habitus (expectativas de movilidad ascendente) y capitales disponibles (económicos, culturales, sociales). Al no concretarse la promesa meritocrática, surge frustración y disposición a discursos radicalizados que prometen restaurar dignidad u orden.

  3. Niklas Luhmann y la desconfianza institucional
    La teoría de sistemas de Luhmann subraya que la legitimidad depende de la confianza en la complejidad institucional. En Chile, la caída en la credibilidad de partidos, Congreso y justicia impide la función básica de reducir incertidumbre. La política deja de ser mediadora y se convierte en escenario directo de enfrentamiento.

  4. Zygmunt Bauman: modernidad líquida y miedo
    La inestabilidad laboral, la inseguridad ciudadana y la incertidumbre vital generan lo que Bauman describía como una sociedad del miedo. Ese miedo líquido se traduce en polarización: refugio en identidades cerradas, rechazo visceral al diferente y búsqueda de soluciones rápidas.

  5. Chantal Mouffe y la agonística democrática
    Mouffe plantea que el conflicto es constitutivo de lo político. El problema no es la existencia de antagonismos, sino que éstos no logran encauzarse en formas institucionalizadas de agonismo. Chile enfrenta justamente esa dificultad: transformar el antagonismo —constituyente/anticontituyente, izquierda/derecha— en un desacuerdo gestionable dentro de reglas compartidas.

En este marco, las redes sociales cumplen un rol central. Como muestran estudios recientes de sociología digital, no sólo funcionan como “cámaras de eco”, sino que producen una amplificación de la negatividad: los algoritmos privilegian la indignación y el ataque sobre la deliberación. Ello intensifica lo que Daniel Mansuy denomina la “erosión de lo común”: la pérdida de un suelo compartido donde el disenso pueda sostenerse sin romper el vínculo social.

Lo particular del caso chileno es la combinación de alta polarización afectiva con baja cohesión de polos. A diferencia de EE.UU. o Brasil, donde dos bloques relativamente consolidados se enfrentan, en Chile las propias coaliciones se fragmentan: la derecha se divide entre Kast y Matthei; la izquierda, entre Frente Amplio y Partido Comunista. Como señala Alfredo Joignant, estamos ante un escenario de identidades políticas frágiles, donde la división es intensa, pero los bandos no se estabilizan.

La salida no pasa por negar la conflictividad —que es inherente a toda democracia—, sino por reconstruir mediaciones que permitan volver al agonismo en vez del antagonismo. Como recordaba Elias, la cohesión social nunca es natural, siempre es resultado de procesos civilizatorios que requieren instituciones sólidas y confianza mutua. El desafío chileno, en clave sociológica, es volver a articular esas mediaciones para que el desacuerdo no derive en desgarro social.

De este modo, la política se transforma en un campo de exclusión y no de negociación. La frase “con ellos no se puede vivir en común” condensa el quiebre del principio básico de la democracia: aceptar que el otro, aunque piense distinto, forma parte del mismo marco de ciudadanía. La polarización afectiva rompe ese acuerdo mínimo y convierte el desacuerdo en antagonismo, instalando la lógica de la enemistad más que la del disenso legítimo.



martes, 12 de agosto de 2025

Turismo Electoral: El nuevo deporte olímpico de los candidatos chilenos

 

Chile se prepara para una nueva elección parlamentaria y, como en cada temporada electoral, los carteles florecen, los jingles se reciclan, y los candidatos —como aves migratorias— buscan dónde anidar sus aspiraciones. No importa si es Arica o Aysén; lo relevante es que haya un cupo, una lista y, si se puede, un electorado poco exigente. Es el fenómeno que ya deberíamos declarar patrimonio de la desafección democrática: el turismo electoral.

¿Qué es el turismo electoral?

No hablamos de un candidato que se desplaza porque lo echaron de su distrito o porque su comunidad le pidió un sacrificio. No. Hablamos de postulantes que aterrizan en territorios desconocidos, muchas veces sin vínculos sociales, culturales ni políticos con el lugar, solo para aumentar sus posibilidades de ser electos. Algunos ni siquiera saben cuántas comunas tiene el distrito, otros se refieren a la "región del Ñuble" como si fuera una comuna de Santiago.

Como lo define el politólogo Claudio Fuentes, se trata de una “estrategia utilitaria de maximización electoral, donde lo territorial es un medio, no un fin”. Es decir, no buscan representar, buscan dónde caer parados.

Un poco de teoría: ¿Qué nos dice la ciencia política?

Desde la teoría de la representación (Pitkin, 1967), el representante debería tener algún tipo de vínculo real con la comunidad representada: ya sea por origen, trabajo, conocimiento o intereses comunes. Lo contrario es una ficción de la democracia, una especie de cosplay institucional: se visten de cercanía, pero no viven la realidad local.

La politóloga María Cristina Escudero advertía en un seminario de la Universidad de Chile que "la desconexión territorial en la representación parlamentaria es una de las causas de la desafección política, porque las personas sienten que los candidatos no conocen ni entienden sus realidades". Es decir, no solo es una estrategia electoral cuestionable, es una herida a la legitimidad democrática.

Postulantes nómades: el casting del Congreso

En cada elección aparece el casting de figuras: exalcaldes derrotados, celebridades olvidadas, influencers en busca de fuero, o incluso operadores reciclados del sistema. Muchos se presentan en el distrito que menos complicaciones les genere, no donde puedan aportar desde la experiencia o el compromiso.

¿Y qué hacen para “parecer de la zona”? Aprenden los nombres de algunas ferias, saludan en tono campechano, se sacan selfies con artesanos y ensayan un “¡guau, qué rica esta empanada!” que suena más a eslogan de reality show que a propuesta parlamentaria.

Ironías que no hacen reír

  • Un candidato que nunca ha vivido en la región pero dice “mi corazón siempre estuvo aquí”.

  • Otro que lleva una semana en el distrito y se saca una foto con un cartel que dice "¡Yo soy de acá!".

  • La clásica: “me siento parte de esta tierra”, como si la patria se traspasara por osmosis después de bajarse de un avión.

Es como si la representación fuera una actuación, y el Congreso, un casting abierto.

Consecuencias: política sin raíces

Esta práctica deteriora la democracia en varios niveles:

  1. Debilita el vínculo entre representantes y representados.

  2. Promueve el clientelismo y el marketing político en lugar del trabajo territorial.

  3. Genera frustración ciudadana al ver cómo el poder se reparte entre desconocidos que no volverán al territorio después de electos.

¿Cómo podríamos evitarlo?

No basta con el reproche moral o la denuncia periodística. Se requieren cambios normativos e incentivos institucionales:

  • Requisitos de arraigo territorial: como ocurre en otros países, exigir residencia o trabajo previo en el distrito por un tiempo mínimo.

  • Primarias obligatorias y abiertas: para evitar que las cúpulas partidarias impongan a dedo a los candidatos “importados”.

  • Financiamiento político más regulado: que no premie al más visible, sino al más activo en el trabajo territorial.

  • Sistemas de rendición de cuentas distritales: que obliguen a los parlamentarios a volver a sus territorios y reportar lo que hacen.

Reflexión final: ¿representación o ocupación?

Lo que debiera ser un vínculo basado en la confianza, la historia y el compromiso, se ha transformado en una competencia de marketing y cálculo. El Congreso no necesita más turistas con maletas de promesas y pasajes de regreso. Necesita representantes que conozcan el olor de la tierra, el nombre de sus ferias, y los sueños de su gente.

Porque si el Congreso se llena de "visitantes", la democracia se queda sin casa.

lunes, 4 de agosto de 2025

Multilateralismo en terapia, TLC con fiebre y el regreso del arancel: una crónica del mundo que cambió

 Las reglas del juego global están siendo reescritas. Los tratados sobreviven, pero las instituciones tambalean. ¿Estamos ante una transformación estructural o solo una recaída del orden internacional?







Introducción:

“Hay cosas que cambiaron y llegaron para quedarse, no creo que sea una lápida para los TLC pero sí hay una crisis del multilateralismo.” Esta frase, en apariencia moderada, encierra una de las tensiones más urgentes de nuestro tiempo: la dislocación entre las instituciones que supieron ordenar el comercio y la cooperación internacional en el siglo XX, y las dinámicas actuales marcadas por la fragmentación, el proteccionismo y la incertidumbre estructural.

En tiempos donde los discursos políticos abrazan el “interés nacional” con fervor redoblado y donde los organismos multilaterales luchan por mantenerse relevantes, se hace necesario revisar desde una mirada crítica y teórica qué está pasando realmente con el comercio global, los tratados y la idea misma de cooperación.

El multilateralismo: noble, útil y en coma inducido

El multilateralismo, ese acuerdo tácito que sostenía que los Estados debían coordinar sus decisiones por medio de instituciones compartidas, está en crisis. No se trata de una muerte súbita, sino de una larga agonía en la que organismos como la OMC o la ONU, otrora actores clave, parecen ahora más preocupados por sobrevivir que por resolver. Desde el neoinstitucionalismo político, esto se traduce en pérdida de legitimidad: cuando las instituciones no logran adaptarse a las nuevas dinámicas del poder, los actores las rodean o las abandonan.

Mientras tanto, las decisiones económicas más relevantes —como sanciones, subsidios o barreras comerciales— se están tomando fuera de estos marcos multilaterales, en acuerdos ad hoc, bilaterales o en Twitter, ese nuevo foro diplomático no tan diplomático.

El regreso (triunfal) del proteccionismo y la guerra arancelaria

Bajo la apariencia de decisiones “estratégicas” o de “soberanía económica”, el proteccionismo vuelve a ocupar la primera línea. Estados Unidos y China protagonizan guerras arancelarias que no solo alteran flujos comerciales, sino que reconfiguran cadenas de valor y reavivan viejas tensiones ideológicas. El arancel, que parecía condenado a los manuales de historia económica, ha vuelto como herramienta legítima de política pública… y también como amuleto electoral.

Desde la teoría realista en relaciones internacionales, esto no sorprende. Los Estados, se nos recuerda, actúan conforme a su interés. Lo que sí sorprende es la rapidez con la que ese interés ha mutado: de abrir mercados a protegerlos, de levantar puentes a reforzar muros.

Tratados de Libre Comercio: más vivos que muertos, pero con síntomas

Los TLC, en este contexto, ya no son tratados sacrosantos sino estructuras negociables. El caso del TLCAN, mutado en USMCA (T-MEC), es emblemático: no fue abolido, pero sí reformateado con reglas más rígidas, más condiciones laborales y una letra pequeña que deja poco margen a la ingenuidad neoliberal. Lo mismo está ocurriendo con muchos tratados bilaterales que se reconfiguran para incluir cláusulas de seguridad, medioambiente o incluso geopolítica tecnológica.

Desde una lectura sociológica, especialmente bajo la lente de Zygmunt Bauman, podríamos decir que vivimos una “globalización líquida” donde todo fluye… incluso los principios que antes parecían sólidos. Lo que llega para quedarse no siempre es lo mejor, pero sí lo más adaptativo: tratados flexibles, acuerdos con dientes y un comercio global regido más por la fuerza que por las normas.

¿Y ahora qué?

La gran paradoja contemporánea es esta: el mundo necesita más cooperación global que nunca —para enfrentar pandemias, cambio climático, migraciones y desafíos digitales—, pero el sistema internacional parece haber redescubierto la comodidad del repliegue nacional, el uso estratégico del arancel y la sospecha permanente hacia lo colectivo.

Quizá, como ironizaba un diplomático anónimo en un pasillo de Bruselas: “El multilateralismo no ha muerto. Está tomando una siesta larga, con los ojos abiertos y las manos en los bolsillos.”


jueves, 19 de junio de 2025

Más allá del gobierno: gobernanza y crisis de intermediación en el Chile contemporáneo

Resumen: En el contexto político chileno actual, la distinción entre gobierno y gobernanza adquiere centralidad analítica. Este ensayo sostiene que la debilidad de la política institucional para producir legitimidad, articular intereses y generar dirección estratégica se inscribe en una crisis estructural de intermediación y representación. Desde la teoría de la gobernanza, la sociología de los sistemas políticos y la teoría democrática, se argumenta que la tarea pendiente en Chile no es simplemente elegir gobiernos, sino reconstruir condiciones para una gobernanza democrática capaz de integrar complejidad, conflicto y participación.


Introducción: de la gobernabilidad a la gobernanza Durante las últimas décadas, el concepto de gobernanza ha desplazado progresivamente al de gobernabilidad en la literatura de ciencia política y sociología institucional. Mientras la gobernabilidad hacía referencia a la estabilidad del orden político —particularmente en las democracias de América Latina durante los años 90—, la gobernanza apunta a formas más horizontales, policéntricas y colaborativas de producción de decisión colectiva (Rhodes, 1996; Kooiman, 2003).

En el caso chileno, este giro es particularmente relevante. La crisis de legitimidad post-2019, los fracasos sucesivos del proceso constitucional y la creciente desafección ciudadana con los partidos e instituciones dan cuenta de un agotamiento del paradigma de la "buena administración" heredado de la transición. Gobernar, en su sentido tradicional, ya no basta: es necesario producir gobernanza, es decir, capacidades de articulación política que integren pluralismo, participación y eficacia.

  1. El agotamiento del ciclo político post-transición El modelo político chileno postdictatorial, caracterizado por una alta racionalización institucional y un bajo nivel de participación, comenzó a mostrar signos de desgaste estructural desde comienzos de la década de 2010. El estallido social de 2019 no fue una anomalía, sino la manifestación de una transformación más profunda: el colapso del sistema de intermediación política tradicional.

Desde una perspectiva sociológica, esta situación puede leerse como una crisis de representación (Offe, 2006), en la que los mecanismos institucionales existentes ya no logran procesar las demandas sociales ni generar mecanismos legítimos de agregación de intereses. El debilitamiento de los partidos políticos, la fragmentación del campo político y la creciente polarización afectiva se han combinado con una ciudadanía más informada, más exigente y menos dispuesta a delegar.

La emergencia de nuevas subjetividades políticas no ha sido acompañada por una transformación equivalente en las estructuras del sistema político. Esto ha producido una disonancia estructural: mientras la ciudadanía busca nuevas formas de representación y participación, el sistema responde con estrategias defensivas, tecnocráticas o meramente simbólicas.

  1. Gobernanza democrática: dimensiones y desafíos La literatura sobre gobernanza (Bevir, 2011; Peters, 2010) identifica tres dimensiones centrales: legitimidad, eficacia y participación. La gobernanza democrática implica no sólo lograr resultados funcionales, sino hacerlo mediante procedimientos abiertos, deliberativos y representativos. Desde esta perspectiva, el principal déficit del sistema chileno no es de eficacia técnica, sino de legitimidad democrática sustantiva.

En contextos de alta complejidad social, como el actual, la gobernanza no puede sostenerse exclusivamente en el Estado. Se requiere la participación activa de actores sociales intermedios —partidos, movimientos, territorios— y la reconstrucción de un capital institucional que ha sido progresivamente erosionado. Esto implica recuperar no solo la capacidad estatal, sino también la densidad del tejido asociativo, el valor de la deliberación pública y la integración de la diversidad.

En términos teóricos, se trata de avanzar desde un modelo de democracia agregativa (centrado en elecciones y representación formal) hacia un modelo deliberativo (Habermas, 1996), en el que la toma de decisiones se legitima a través del diálogo público informado y la reciprocidad argumentativa.

  1. El vacío de conducción y la necesidad de sentido La ausencia de gobernanza no se traduce solo en ingobernabilidad; se manifiesta en lo que la teoría política contemporánea ha denominado vacío de conducción: una incapacidad del sistema político para producir sentido común, orientación estratégica y dirección normativa. En Chile, este vacío ha sido llenado por narrativas de orden, miedo o despolitización.

La democracia, sin embargo, no puede sostenerse solo en la gestión técnica. Como ha planteado la sociología política crítica, el ejercicio del poder democrático requiere de autoridad simbólica y liderazgo con vocación integradora (Weber, 1919; Bourdieu, 1991). Esa autoridad solo puede construirse a partir de un nuevo pacto democrático que rearticule las promesas incumplidas del orden transicional con las aspiraciones de justicia, reconocimiento y dignidad que emergen desde abajo.

  1. Conclusión: hacia una nueva arquitectura de la política democrática La tarea de construir gobernanza en Chile no se resuelve con reformas institucionales puntuales, ni con la elección de nuevos rostros. Requiere una reconfiguración profunda de la arquitectura política, que combine eficacia con legitimidad, representación con participación, y Estado con sociedad. En otras palabras, no se trata simplemente de mejorar el gobierno, sino de reinventar la política.

Frente al agotamiento del modelo tecnocrático y la crisis de representación, la gobernanza democrática aparece como un horizonte necesario, aunque difícil. Una tarea que exige liderazgo político, compromiso intelectual y voluntad de diálogo. Porque sin gobernanza no hay democracia viva; hay solo administración del vacío.

Referencias:

  • Bevir, M. (2011). Governance: A Very Short Introduction. Oxford University Press.

  • Bourdieu, P. (1991). Language and Symbolic Power. Harvard University Press.

  • Habermas, J. (1996). Between Facts and Norms. MIT Press.

  • Jessop, B. (2007). State Power. Polity Press.

  • Kooiman, J. (2003). Governing as Governance. Sage.

  • Offe, C. (2006). Modernity and the State. Polity Press.

  • Peters, B. G. (2010). The Politics of Bureaucracy. Routledge.

  • Pierre, J., & Peters, B. G. (2000). Governance, Politics and the State. Palgrave.

  • Rhodes, R. A. W. (1996). "The new governance: Governing without government". Political Studies, 44(4).

  • Weber, M. (1919). Politics as a Vocation.

martes, 13 de mayo de 2025

Pepe Mujica: del fusil a la libertad, la evolución de un rebelde hacia el liberalismo ético

 

En tiempos donde la política suele alternar entre la arrogancia tecnocrática y el cinismo populista, la figura de José “Pepe” Mujica —expresidente de Uruguay y exguerrillero tupamaro— emerge como una rareza ética. A sus 89 años, su legado no reside tanto en leyes o reformas, sino en su filosofía de vida y su forma de hacer política: una ética austera, profundamente liberal, enraizada en la experiencia de la derrota, la cárcel y la reflexión vital.

 

 

Mucho se ha dicho sobre Mujica como “el presidente más pobre del mundo”. Sin embargo, ese apodo superficial reduce una trayectoria mucho más compleja: la de un hombre que pasó del marxismo armado al pensamiento libertario-humanista, sin por ello abandonar su compromiso con la justicia social.

 De la revolución al Estado

Sociológicamente, Mujica representa el tránsito de lo que Ralf Dahrendorf llamaba la “política del conflicto” a la “política de la institucionalización”. Formado en la lucha armada de los años 60 y 70, Mujica encarnaba el ideal revolucionario latinoamericano: cambio estructural a través de la confrontación directa con el poder oligárquico.

Pasó 14 años en prisión, aislado, incomunicado, casi deshumanizado. Paradójicamente, ese tiempo no lo radicalizó más, sino que lo moderó. En sus propias palabras:

“Me comí 14 años en cana y dos horas después de que salí, ya estaba militando.”

Ese “volver a militar” no fue regresar al fusil, sino reconstruirse dentro del juego democrático. Ingresó al Frente Amplio, un espacio plural de la izquierda uruguaya, y desde allí comenzó su travesía institucional: diputado, ministro, senador, presidente.

Un liberalismo austero y existencial

La sociología contemporánea habla del “individuo reflexivo” (Giddens), alguien que, tras experiencias límite, redefine sus prioridades. Mujica no se volvió neoliberal ni burgués; se volvió radicalmente libre. En un mundo obsesionado con acumular, él eligió despojarse:

“No soy pobre, soy sobrio. Vivo con lo justo para que las cosas no me roben la libertad.”

Aquí Mujica se sitúa más cerca de los antiguos estoicos que de Marx. Su discurso sobre el consumo no es un sermón religioso ni una consigna militante. Es una crítica existencial al modo de vida capitalista. No busca destruir el mercado, sino desenmascarar su promesa vacía: que más bienes traerán más felicidad.

“La verdadera libertad está en consumir poco.”

Esta frase —sencilla pero demoledora— sintetiza un liberalismo ético poco común en la izquierda latinoamericana. Mujica no propone estatismo, sino autonomía; no impone modelos, sino una invitación a elegir conscientemente cómo vivir.

 Libertades civiles, sin dogmas

Durante su presidencia (2010–2015), Uruguay aprobó leyes pioneras en América Latina:

  • Matrimonio igualitario.

  • Legalización del aborto.

  • Regulación del cannabis.

Estas no fueron medidas “progresistas” en el sentido superficial del término. Fueron decisiones profundamente liberales, nacidas de la convicción de que el Estado no debe meterse en la vida privada de las personas.

“El matrimonio gay es más viejo que el mundo. No legalizarlo sería torturar a las personas inútilmente.”

Mujica habla desde el sentido común ético, no desde la trinchera ideológica. En esto, su figura recuerda a los viejos liberales radicales del siglo XIX: la libertad como principio absoluto, tanto en lo económico como en lo moral.

 Una crítica al desarrollismo sin alma

Su mirada ecológica también rompe con el fetichismo del “crecimiento económico”. En un discurso en la ONU que dio la vuelta al mundo, dijo:

“Arrasamos las selvas verdaderas, e implantamos selvas anónimas de cemento.”

Aquí Mujica muestra su influencia del pensamiento ecologista, no como moda, sino como cuestionamiento profundo al modelo civilizatorio. En lugar de “progreso”, propone “vida con sentido”. En vez de PIB, propone tiempo.

“La libertad es tener tiempo para hacer lo que te gusta.”

Desde la teoría sociológica, su propuesta dialoga con autores como Ivan Illich o Serge Latouche, que denuncian la “sociedad del rendimiento” como una cárcel moderna.

¿Un liberal de izquierda? 

En la taxonomía política clásica, Mujica descoloca. ¿Es de izquierda? Sin duda, por su defensa de los pobres y su crítica al privilegio. ¿Es liberal? Absolutamente, por su defensa de la libertad individual, la autonomía, la pluralidad.

Es, quizás, uno de los pocos ejemplos vivos de que se puede ser de izquierda sin ser autoritario, liberal sin ser elitista, austero sin ser moralista, revolucionario sin ser dogmático.

Conclusión: la libertad como herencia

El pensamiento de Mujica no es una ideología cerrada, sino una ética vivida. Un camino que va del resentimiento a la sabiduría, del odio al perdón, de la verticalidad del mando a la horizontalidad del diálogo.

“La política no es para enriquecerse, es para servir a los demás.”

En una época de narcisismo político, su humildad es revolucionaria. En tiempos de polarización, su sentido común es subversivo. Y en un mundo que corre sin sentido, su pausa es profundamente transformadora.

Una síntesis original: libertad individual con responsabilidad colectiva

Pepe Mujica no cabe en las categorías ideológicas tradicionales. Su pensamiento puede resumirse como una síntesis entre liberalismo ético y justicia social. Cree en el individuo, pero no en el individualismo. Defiende la propiedad, pero denuncia la acumulación sin sentido. Valora el trabajo, pero rechaza el productivismo.

Desde una mirada sociológica, es el ejemplo de un actor que internalizó el conflicto, pero eligió superarlo mediante la moderación y el diálogo. Su historia personal lo legitima: nadie puede acusarlo de “traidor” por abandonar la vía armada; lo hizo por convicción, no por conveniencia.

Hay que ser libre de ataduras materiales, mentales y políticas. Pepe Mujica