· Aprender a ser y estar.
Se refiere a ir avanzando, en el
día a día, en la comprensión de uno mismo como ser individual y social.
Aprender a reconocerse como diferente, al mismo tiempo que como alguien con
algo en común con los otros. Este reconocimiento es muy importante por que de é
se derivará el estímulo para realizar el esfuerzo cotidiano y la consideración
de que el aprendizaje requiere un esfuerzo.
Solo aprende el que se esfuerza y sólo se
esfuerza el que se reconoce a sí mismo con capacidad para aprender. Hay que
aprender a ser y sentirse uno mismo como un ser independiente, autónomo,
creativo y con proyección de cambio. No obstante, no podemos obviar que no se
aprende a ser y estar sin una cierta carga emocional positiva. Ello implica
valorarse de forma equilibrada y justa, sabiendo juzgar los propios errores con
capacidad crítica. Pero se ha de tener en cuenta que la estimación personal,
fuente de sentimientos de bienestar, no nace de la valoración propia, sino que
se genera en la valoración de los demás. Precisamente, a hacer esa compleja
operación psicológica, de pasar de la valoración externa a la interna, hay que
aprender desde pequeños, en esos años en los que uno está, además de con su
familia, con maestros y compañeros.[1]
(Ortega, 2010).
Entonces si se logra una escuela
donde la convivencia se convierta en fuente de afectos positivos mutuos, a la
par que en escenarios en donde aprender a resolver de forma pacífica los
conflictos, estaremos poniendo las bases para lograr aprender a ser y estar.
· Aprender a pensar y comprender.
La práctica educativa
que, lejos de plantearse un modelo único de pensamiento, debe incluir fórmulas
que olviden la libertad y la diversidad del mismo, buscando así la promoción de
la construcción de ideas propias basadas en la creatividad. Establecer una convivencia social en las aulas en las
que aflore el gusto por el pensamiento divergente y el diálogo para el análisis
de los distintos puntos de vista, lograr hacer de la enseñanza un sistema de
comunicación en el que la verdad sea más una verdad descubierta que una razón
impuesta, en la que cada niño y niña observe los efectos en los otros, de si
propio discurso y sea capaz de reconocer el valor del discurso del otro en la
modulación de su propio pensamiento, es lo que la buena convivencia puede
aporta al importante objetivo de aprender a pensar y comprender el mundo.
- Aprender a hacer y sentirse útil.
Quizá por la misma razón
histórica que vincula la escuela a la necesidad de un pensamiento objetivo, que
ha hecho de ella un lugar para la reflexión y el trabajo intelectual, en al
escuela se aprende poco a hacer cosas prácticas, lo que no significa que no sea
necesario. A la escuela se va a aprender a hacer, a dominar con la mayoría
eficacia las tareas de la vida. Se capaz de ejecutar tareas y actividades
útiles, eficaces y satisfactorias es lo que los expertos[2]
(Pozo, 1996) llaman un “conocimiento procedimental”, que la escuela nunca debió
dejar de desarrollar. Se trata de saber dirigir el sentido de la actividad y la
necesidad de la eficacia en las tareas procedimentales. La dimensión práctica
hace de los individuos seres útiles a sí mismo y los demás.
Que los resultados de nuestras
acciones deriven en la mejora de los procesos, las cosas y el mundo que nos
rodea, hará de la convivencia escolar un lugar interesante y quizás estimule; a
reducir el aburrimiento que ciertas prácticas educativas rituales y carentes de
la iniciativa.
· Aprender a relacionarse con los demás.
En mundo de los afectos tiene
también una trayectoria poco exitosa dentro de la cultura escolar. A la escuela
se va, fundamentalmente, a aprender a relacionarse con los demás. Las
relaciones interpersonales y las relaciones sociales, en general, se aprenden a
base de practicar, día adía, las emociones y los afectos que nos provocan y
provocamos a los demás. De comprender y ocultar estas emociones y afectos
dependerá no sólo la relación que establezcamos con nosotros mismos, sino
también con el mundo en general. Lo que sí hay que tener claro es que el
aprendizaje de esta materia cursa con atices emocionales, alegrías y tristezas,
satisfacción y frustración, amistad y enemistad, reconocimiento de redes de
amigos y conocido, compresión objetivo sobre cómo son las estructuras sociales
de la sociedad en general, la economía y la política que nos gobierna.[3]
(Ortega, Del rey, Fernández, 2003).
La escuela tiene que aprender a
trabajar con estas dimensiones humanas si quiere servir de ámbito de
aprendizaje social, es más, sin lograr buenos resultados en estos dominios la
escuela no estará cumpliendo con su finalidad educativa.
j) La convivencia como escenario real y simbólico
Tomando como referencia los
planteamientos presentados, abordamos ahora el tema de la convivencia en su
propia y diferencial definición, concibiendo la escuela como institución
concreta y universal, cuya misión es educar, instruir, socializar y formar al
individuo para que su aprendizaje y desarrollo lo conviertan en un ser que
perciba su personalidad y sus actos con la proyección social que tiene y con la
dimensión ética que la sociedad busca para sus ciudadanos y ciudadanas.
La educación, que requiere un
detallado y complejo proceso instruccional, solo puede realizarse bajo un
entramado de redes sociales tejido por las relaciones entre las personas que
son relevantes en el proceso formativo. Una red social de relaciones
interpersonales, que no pueden vivir más que en un clima de convivencia
pacífica, positiva y democrática, que haga de la actividad conjunta y el
diálogo instrumentos de aprendizaje y desarrollo[4]
(Ortega,2002,2005).
Se ha determinado a la
convivencia como la “acción de vivir con otros compartiendo actividad y
diálogo, bajo el entramado de normas y convenciones de respeto mutuo,
compresión y reciprocidad ética”[5]
(Ortega y Marín, 2003) y a la convivencia escolar como el ecosistema humano que
permite la actividad educativa cuando la red de relaciones interpersonales se
pone al servicio del aprendizaje y el desarrollo de todos los integrantes de
esa comunidad.
La convivencia nace como una
noción con existencia propia que alude al proceso explícito e implícito que
garantiza el bien común y la vida en democracia dentro de la escuela como
elementos básicos sobre los que se realiza la enseñanza y el aprendizaje. El
lado más explícito está relacionado con la calidad de las relaciones
interpersonales que se establecen en el centro escolar y la propia gestión de
las normas que rigen la vida en convivencia; un proceso que sólo tendrá éxito
si todos los implicados en la comunidad educativa participan de este proyecto
común. La parte implícita está determinada por los aspectos de carácter
psicológico, los cuales abarcan tres ámbitos básicos; aprender a conocerse y
valorarse a uno mismo, alcanzando un grado suficiente de autoestima; aprender a
ponerse en el lugar del otro, comprendiendo su punto de vista y saber
relacionarse con los demás de manera efectiva, manteniendo interacciones
positivas basadas en la solidaridad, la tolerancia, y el respeto mutuo[6](Ortega,
Del rey, Fernández, 2003).
La convivencia se equipara con la
calidad de las relaciones interpersonales y con la forma de modularlas,
condicionando así la aparición de un estructura social de participación que va
a influir, de manera decisiva, en el desarrollo de la personas que comparten
vivencias dentro de la escuela.[7]
La convivencia escolar surge así
como un constructo de connotación positiva, de naciente trayectoria, no
obstante, el hecho de que sea reconocido como un término de carácter positivo
no significa que no se deba prestar atención a los problemas que la enturbian y
obstaculizan, tales como los conflictos resueltos de manera violenta, el abuso
de poder, la intimidación o la exclusión social.[8]
(Blaya, Debarbieux, Del Rey, Ortega, 2006).
[1] Ortega,
Rosario; Construir la Convivencia Escolar, 2010.
[2] Pozo J.I ;
Aprendices y Maestros. 1996. Madrid; Alianza.
[3] Ortega, R ,
Del Rey, R, R,. Fernádez:
Working together to prevent school violence: the Spanish
response..2003.Londres: Routledge.
[4] Ortega, R ;
Lo mejor y lo peor de las redes de igualdades; juego, conflicto y violencia.
Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado.2002.
[5] Ortega, R; Martín, O; Convivencia,
A positive answer to prevent school violence though training for citicenship.
Oxford_kobe Seminar: Measures to reduce bullying in school, 2003. KOBE- Japon.
[6] Ortega, R ,
Del Rey, R, R,. Fernádez:
Working together to prevent school violence: the Spanish
response..2003.Londres: Routledge.
[7] Ibídem.
[8] Blaya, C;
Debarbieux, E; Del Rey, R y Ortega,R; Clima y violencia escolar. Un estudio
comparativo entre España y Francia. Revista de Educación, 339,293,325. 2006.

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